miércoles, 2 de julio de 2008

Leyendo la Ilíada.

Los libros nos acompañan y más en tiempo de vacaciones. Si no has hecho la experiencia, te la recomiendo. Me dirás que sí la haces, pero obligado por los profesores. Es cierto. Pero también nos pueden acompañar por otras razones. A veces los libros sólo nos distraen pero en otras ocasiones tienen algo especial que decirnos y encontrarnos con ellos nos depara sorpresas.
En estos días estoy releyendo la Ilíada, a la luz de un ensayo de Simone Weil titulado "La Ilíada o el poema de la fuerza". Dos puntos quisiera destacar hoy de esa lectura. El primero es la crudeza con la que el texto describe cómo llega la muerte a los combatientes en medio de la batalla. El segundo es el pasmo que produce ver a los héroes (ya sean Héctor, Aquiles o tantos otros) luchar esforzadamente por su victoria, sin saber que esa victoria es el comienzo de su destrucción. La victoria y la derrota no se oponen, como solemos creer, sino que giran la una sobre la otra arrasando la vida de los que desconocen esa verdad, y también la de los que la conocen.
No hay unos hombres condenados a la derrota y otros a la victoria. La rueda gira y todos sus ejes nos tocan.
"Al final", me dirás, "ganan los aqueos y pierden los teucros". Sí pero ¿no sabes lo que les pasó después a los aqueos, y a los que vencieron a los aqueos? Amigo, la historia no tiene final...

***

Dos cosas buenas que son gratis:


2) el ensayo de Simone Weil "La Iliada o el poema de la fuerza" .

2 comentarios:

Dani dijo...

Cuando no tenía tiempo para nada porque tenía que estudiar, es cuando más tiempo sacaba para leer, y cuando leía y devoraba textos de todas las clases. Ahora que no tengo nada que hacer, no tengo ocupación alguna más que sentarme en el sofa o tomarme una cerveza, no encuentro tiempo para leer, nunca tengo tiempo para nada. Llevo intentado acabar "En el camino" de Kerouac, casi un mes, y no puedo, no tengo tiempo.

No lo entiendo.

Anónimo dijo...

A veces me pregunto cuanto tiempo puedo estar uno tumbado en el sillón sin hacer nada, dejando pasar las horas salpicadas de anuncios, teleseries y películas. Pienso, ingenuamente, que si me hundo sin fin en el aburrimiento, un día se abrirá en él una luz desconocida. Pero ese día no llega.