domingo, 16 de agosto de 2009

Tres tipos de inmortalidad.

La inmortalidad puede entenderse de muchos modos, al menos de tres. Los dos primeros los encuentro en la novela “La inmortalidad” de Milán Kundera cuya lectura acabo de terminar, gracias a la recomendación de Dani. El tercero se encuentra en la obra del filósofo italiano Emanuele Severino, por ejemplo en “Esencia del nihilismo”. ¿En qué consisten? :

1) En un primer sentido, la inmortalidad consiste en la capacidad de permanencia de nuestra vida como recuerdo en aquellos que nos han conocido. Nuestra vida se prolonga más allá de su término en la memoria de aquellos que compartieron su tiempo con nosotros. Ésta es una pequeña inmortalidad, al alcance de casi cualquier persona y no se prolonga más allá de dos o tres generaciones.

2) En un segundo sentido, la inmortalidad consiste en la capacidad de permanencia de nuestra vida como recuerdo en la memoria de aquellos que no nos han conocido. Ésta es una inmortalidad algo mayor, reservada para una minoría de personas, artistas, hombres de Estado y otras gentes que “pasan a la Historia”. Su duración puede extenderse durante varios siglos.

3) En un tercer sentido, la inmortalidad es lo característico de toda realidad, por ser lo que es. Esta inmortalidad es común a cualquier cosa, independientemente de la capacidad que tenga para permanecer en el recuerdo de otro, conocido o desconocido. Además no está restringida al ámbito de lo humano. Una estrella o una mota de polvo la poseen en igual medida que el más perdurable de los nombres de la Historia. Recibe el nombre de eternidad.

La inmortalidad en sus dos primeros sentidos no suele ofrecer problemas a nuestro entendimiento. La damos por sabida y conocida. La novela de Kundera nos cuenta la relación que guardan con ella diversos personajes, ya sea porque huyen de ella, porque la persiguen desesperadamente o porque son indiferentes a su influencia. El tercer sentido de la inmortalidad, adiestrados como estamos para creer en la muerte como paso a la nada, ofrece más problemas en su comprensión. Por ello traemos aquí un argumento breve con el que Severino trata la cuestión.

Hay algo común a todas las cosas, desde la más modesta a la más grandiosa, desde la más simple a la más compleja. Todas las cosas, sean pequeñas o grandes, olvidadas o recordadas, coinciden en esto: ser (algo) mas bien que no ser (nada). Todas ellas son algo y no “nada”. Para todas ellas, la palabra “ser” significa oponerse a la nada, rechazar la nada, vencer a la nada. Esta mesa sobre la que escribo, este bolígrafo, este cuarto, estos colores y sonidos y matices y sombras de las cosas no son “nada” sino algo que presenta las determinaciones que en cada caso le son propias. En consecuencia, afirmar de “algo” que es “nada”, es un absurdo semejante a afirmar de un círculo que es un cuadrado o del sol que es la luna. Esa afirmación es la locura, aunque vivamos en ella. Más allá de la locura, cada cosa es eterna, inmortal.

Como puedes ver, los dos primeros tipos de inmortalidad son modos de expulsar a la muerte, el primero no más allá de unas décadas, el segundo a lo largo de algunos siglos. El tercero sin embargo contiene en su seno a la muerte como el mar contiene a la ola, o el rostro a su sonrisa. No la anula ni la vence, pero la acoge desbordándola infinitamente. ¿Seremos capaces un día de sentir esa inmortalidad o, al menos, de vivir a su luz? Aunque tal vez ya nos ocurre, sepámoslo o no.