martes, 19 de junio de 2012

Nota escolar sobre Nietzsche y el tiempo

Nietzsche nos ayuda a pensar nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Nuestro pasado es la tradición occidental, nuestro presente es el nihilismo, nuestro futuro es la posibilidad de una transfiguración del ser humano (el super-hombre o trans-hombre).

Nuestro pasado, la tradición occidental, consiste en la asignación a la vida de un fin capaz de darle sentido porque ha sido considerada carente de él. Siendo mejor querer la nada a no querer, la vida obtendrá orientación y valor buscando un ideal, una meta más allá de sí misma, ya sea en otra vida, en una Idea o en un Deber afirmado por encima de su devenir. 

Nuestro presente es el nihilismo. El nihilismo consiste en el descubrimiento de la ausencia de valor de los fines que han orientado la vida. Tras ellos no hay nada. Nuestro presente es la revelación del vacío oculto tras todo aquello en lo que los seres humanos han puesto su confianza. La existencia se  descubre esperando una plenitud que nunca llega y deja de querer. Pero ésa no es la única opción. 

Nuestro futuro es una posibilidad: la trasfiguración del ser humano. Esta transfiguración, el super-hombre o trans-hombre, es una forma de existencia constitutivamente por venir capaz de afirmar la vida en sus rasgos propios. La vida, ese desbordamiento que tiene en sí mismo su propio fin, es en sus rasgos propios voluntad de poder y eterno retorno. En cuanto voluntad de poder, la vida es fecundidad, creación, donación de sí, virtud que hace regalos. En cuanto tiene su fin en sí misma es eterno retorno, repetición diferenciada de aquello en lo que consiste: desbordamiento y tránsito fecundo. El eterno retorno no es tanto sucesión indefinida de etapas en un ascenso ilimitado de sobredominio, cuanto variación y recreación de la trascendencia y fecundidad que caracterizan a la vida en su singularidad (*). El trans-hombre como figura del porvenir adquiere su expresión más adecuada en el símbolo del niño como nuevo comienzo: "Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí" (Nietzsche).

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(*) El eterno retorno así considerado nos descubre la articulación positiva que se da entre inconclusión y cumplimiento en el seno de la vida. Que la vida carezca de conclusión, puesto que se encuentra siempre ya comenzada (no tiene principio) y desborda cualquier meta alcanzada (no tiene fin), no es una objeción a su valor, sentido y significación. La vida, en su propio desbordamiento, se cumple en la obra, en el hijo, en el fruto. Pero ese cumplimiento -hijo, obra, fruto- es su reiteración. Se cumple (obtiene su fin, adquiere su sentido, logra su meta, alcanza su culminación) en la creación de un ser llamado a repetir aquello en lo que consiste: desbordarse, diferir de sí, crear, dar fruto. Por esa razón, siendo cumplida y perfecta, terminada y en su fin, está a la vez siempre por venir, por terminar y por hacer. La inconclusión no es una objeción contra la vida, sino el fenómeno rebosante de su fecundidad.

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