sábado, 10 de noviembre de 2012

Atenas, Granada, Barakaldo

El pasado 4 de abril en Atenas, el farmacéutico jubilado Dimitris Christulas se suicida frente al Parlamento griego. No quiere buscar entre la basura el alimento al que tiene derecho después de años de trabajo. El pasado mes de Octubre, en Granada, un hombre de 53 años se quita la vida el día en que iba a ser deshauciado. Ayer, 9 de Noviembre, Amaia Egaña se suicida en Baracaldo cuando van a deshauciarla.

El 25 de Mayo aparece en los medios un alegato contra la codicia escrito por Rafael Argullol, en homenaje al jubilado griego. Transcribimos el siguiente fragmento:

El sol del mediodía
clava en tierra los pasos y los gestos
—la ciudad, los paseantes, el puño amenazador—,
y otra vez estalla el silencio
que envuelve el último ademán de Christulas
allá en Syntagma, en el corazón de Atenas.
"¡Los codiciosos!, ¡los codiciosos!".
Detrás de la gran fachada de cristal
—como si fuera la gigantesca bola de un mago—
puedo contemplarlos claramente,
juntos, en el nervioso tropel de la compraventa,
y uno a uno, el depredador dispuesto
al asalto final sobre la presa.
"¡Los codiciosos!, ¡los codiciosos!".

En el espejo deformante
todos somos codiciosos o cómplices de la codicia,
pues, por cobardía o miedo,
renunciamos al deber de explicar que el hombre
era el único animal que se había preguntado
por lo que había tras la línea del horizonte,
y nos rendimos a lo más cruel y sangriento,
el único animal que atesora con avaricia
mucho más de lo que pueda necesitar en una vida,
y a costa de destruir la vida de los otros.
Todos somos codiciosos o cómplices de la codicia,
porque hemos permitido que un ser implacable,
nacido en la cloaca de la peor pasión,
se apoderara de la entera condición humana
y dictara sus brutales leyes al universo.
De modo que el codicioso,
bárbaro adorador del ídolo de oro,
avanza a cara descubierta, libre de toda atadura,
saqueador de la belleza, dueño del mundo.
Somos, pues, culpables.
Nuestro delito ha sido dejar
que el depredador que hay en nosotros
expulsara a todo lo noble y digno
que estábamos obligados a preservar
para seguir siendo considerados seres humanos.
Hemos dejado que se nos robaran
hasta las palabras, y ahora nuestro lenguaje
ya es el lenguaje del mercado, del beneficio,
del tráfico de almas,
sin ningún lugar para la compasión.
Nos hemos ofrecido en sacrificio
para ser carne de una rapiña sin límites
y nuestros restos yacen, esparcidos,
alrededor del altar.
Y falta ya muy poco
para que también la libertad
nos sea arrebatada
por el amor a la codicia,
que parece ya el único amor permitido.
O eso es lo que cree
ese hombre que amenaza sin ira a un edificio
—ese hombre que me recuerda a mi padre anciano—
mientras entona una acusación a los espectros:
"¡los codiciosos!, ¡los codiciosos!".

Sólo añadiremos unas palabras. En efecto, vivimos en un tiempo en el que “(...) el codicioso, bárbaro adorador del ídolo de oro, avanza a cara descubierta, libre de toda atadura, saqueador de la belleza, dueño del mundo”. Pero, tal vez por eso, hemos de recordar una y otra vez que el mundo no tiene dueño. Nadie puede poseerlo. En él nos movemos, vivimos y somos. En su seno nacen todas las cosas. Algunos pueden revolverse contra él pretendiendo hacerlo suyo, pero el empeño es tan absurdo e ilusorio como el de una rama intentando poseer el árbol del que nace, o el de un pez intentando apropiarse del mar que surca. Aunque la mentira vigente afirme lo contrario, debemos negarlo. No: el mundo no tiene dueño.