domingo, 25 de noviembre de 2012

Mis paseos con Laura (o sobre metas y fines)

Cada día, a eso de las siete de la tarde, preparo a Laura para nuestro paseo. Mientras busco su abrigo (para que no pase frío), el peine (para domar durante un rato sus rizos rebeldes) y el león de peluche (para protegernos de posibles peligros) voy pensando hacia dónde iremos en esta ocasión. Tal vez a la plaza del Ayuntamiento, o a la que rodea a la Iglesia de San Antonio si vamos rectos o, bajando toda la calle, hasta el prado de San Roque. Cuando termino los preparativos y le digo "vámonos de paseo", ella se dirige hacia la puerta seria y decidida. La tomo en mis brazos para bajar las escaleras, la deposito en el suelo con cuidado y de inmediato echa a andar. Tengo que ir tras ella unos pasos y coger su mano para iniciar nuestro camino. Hoy, por ejemplo, iremos al Ayuntamiento. Ésa es la meta de nuestro paseo.

Y sin embargo... el mundo es tan grande, está tan lleno de cosas asombrosas que tocar, agarrar, ver o saborear, cosas que no dejan de llamar nuestra atención para ser pisadas, mordidas o guardadas en los bolsillos (en el mejor de los casos), que si de casa al Ayuntamiento hay diez minutos para un adulto, contigo, querida Laura, podemos tardar al menos una hora.

¡Y que hora! Nada más comenzar el paseo, descubres piedras de un blanco luminoso que destacan más sobre el gris del asfalto cuando las colocas unas detrás de otras, en una larga fila. Y no olvidas tomar esa piedra desechada por su forma o su peso guardándola en tu bolsillo para futuras construcciones.

Unos pasos más allá, una grieta en la pared es el lugar perfecto para ir incrustando cada una de las piedras y formar una hilera dentada que parecen sonreírnos. Después de guardártelas de nuevo en el bolsillo, avanzamos unos pasos más hacia el Ayuntamiento, pero antes descubres un bordillo en la acera de la altura justa para convertirlo en tu asiento. Con destreza y precisión, te acercas a él, giras el cuerpo, te agachas y te dejas caer, convirtiéndolo desde ese instante el en más rico trono que reina alguna haya podido poseer jamás. Pero sólo por unos segundos porque enseguida te levantas y sigues el camino.

Apenas recorridos unos pasos y tras doblar la esquina, aparece una fuente. ¡El agua! Me tomas de la mano y me llevas hasta el pilón de piedra, una muralla para ti. Te elevo por los aires acercándote al hilo de agua con el que te mojas la cara, imitando los gestos que me has visto hacer tantas veces al afeitarme y no puedo evitar sonreír. Volvemos al camino y avanzamos unos pasos pero al cruzar la calle se escucha un ladrido familiar y te vas buscando a Pecas, el pequeño perro gritón que te saluda desde la cancela de su casa cada tarde. Y sí, allí está, lanzando sus ladridos al aire, mientras desde muy lejos, otros ladridos le responden. Él te ve, se acerca moviendo la cola y te ladra. Tú le ves, te acercas corriendo y le ladras. Entonces me miras mientras lo señalas con el dedo y yo, después de pensarlo un momento, pues -qué diablos- le ladro también. La animada conversación se prolonga unos instantes, pero no muchos, porque Pecas no es nada paciente y a mi no me gusta que me ladren, así que seguimos nuestro paseo.

Mientras vamos caminando me pregunto: ¿llegaremos algún día al Ayuntamiento? Lo haremos, desde luego, pero mientras tanto, este paseo contigo me recuerda lo extraño que es el mundo, las maravillas que guarda en cualquiera de sus rincones y los tesoros que nos ofrece en cuanto dejamos por un tiempo nuestra búsqueda del fin.

Mañana seguiré buscando metas y fines. Tomaré el autobús para ir a Madrid. Iré a Madrid para llegar al colegio, llegaré al colegio para dar las clases y así de meta en meta y de fin en fin... Pero has de saber que al mismo tiempo y sin saber cómo, también seguiré aquí, paseando contigo por estas calles llenas de misterios y olvidado para siempre de todas las metas y los fines, sabiendo que un día, aquel que busca sus metas y éste que camina sin fin se encontrarán sin buscarse mientras doblan, por ejemplo, esta esquina.

(dedicado a R. porque sin ella estos paseos no serían posibles)

martes, 20 de noviembre de 2012

Para aumentar la cifra de accidentes

"Un hombre va a subir al tren en marcha. Pasan los escaloncillos del primer coche y el viajero no tiene bastante resolución para arrojarse y saltar. Su capa revuela movida por el viento. Afirma el sombrero en la cabeza. Va a pasar otro coche. De nuevo falta la osadía. Triunfan el instinto de conservación, el temor, la prudencia, el coro venerable de las virtudes antiheroicas. El tren pasa y el inepto se queda. El tren está pasando siempre delante de nosotros. El anhelar agita nuestras almas, y ¡ay de aquel a quien retiene el miedo de la muerte! Pero si nos alienta un impulso divino y la pequeña razón naufraga, sobreviene en nuestra existencia un instante decisivo. Y de él saldremos a la muerte o a una nueva vida, ¡pésele al Destino, nuestro ceñudo príncipe!"
                                                      Para aumentar la cifra de accidentes. Julio Torri.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Atenas, Granada, Barakaldo

El pasado 4 de abril en Atenas, el farmacéutico jubilado Dimitris Christulas se suicida frente al Parlamento griego. No quiere buscar entre la basura el alimento al que tiene derecho después de años de trabajo. El pasado mes de Octubre, en Granada, un hombre de 53 años se quita la vida el día en que iba a ser deshauciado. Ayer, 9 de Noviembre, Amaia Egaña se suicida en Baracaldo cuando van a deshauciarla.

El 25 de Mayo aparece en los medios un alegato contra la codicia escrito por Rafael Argullol, en homenaje al jubilado griego. Transcribimos el siguiente fragmento:

El sol del mediodía
clava en tierra los pasos y los gestos
—la ciudad, los paseantes, el puño amenazador—,
y otra vez estalla el silencio
que envuelve el último ademán de Christulas
allá en Syntagma, en el corazón de Atenas.
"¡Los codiciosos!, ¡los codiciosos!".
Detrás de la gran fachada de cristal
—como si fuera la gigantesca bola de un mago—
puedo contemplarlos claramente,
juntos, en el nervioso tropel de la compraventa,
y uno a uno, el depredador dispuesto
al asalto final sobre la presa.
"¡Los codiciosos!, ¡los codiciosos!".

En el espejo deformante
todos somos codiciosos o cómplices de la codicia,
pues, por cobardía o miedo,
renunciamos al deber de explicar que el hombre
era el único animal que se había preguntado
por lo que había tras la línea del horizonte,
y nos rendimos a lo más cruel y sangriento,
el único animal que atesora con avaricia
mucho más de lo que pueda necesitar en una vida,
y a costa de destruir la vida de los otros.
Todos somos codiciosos o cómplices de la codicia,
porque hemos permitido que un ser implacable,
nacido en la cloaca de la peor pasión,
se apoderara de la entera condición humana
y dictara sus brutales leyes al universo.
De modo que el codicioso,
bárbaro adorador del ídolo de oro,
avanza a cara descubierta, libre de toda atadura,
saqueador de la belleza, dueño del mundo.
Somos, pues, culpables.
Nuestro delito ha sido dejar
que el depredador que hay en nosotros
expulsara a todo lo noble y digno
que estábamos obligados a preservar
para seguir siendo considerados seres humanos.
Hemos dejado que se nos robaran
hasta las palabras, y ahora nuestro lenguaje
ya es el lenguaje del mercado, del beneficio,
del tráfico de almas,
sin ningún lugar para la compasión.
Nos hemos ofrecido en sacrificio
para ser carne de una rapiña sin límites
y nuestros restos yacen, esparcidos,
alrededor del altar.
Y falta ya muy poco
para que también la libertad
nos sea arrebatada
por el amor a la codicia,
que parece ya el único amor permitido.
O eso es lo que cree
ese hombre que amenaza sin ira a un edificio
—ese hombre que me recuerda a mi padre anciano—
mientras entona una acusación a los espectros:
"¡los codiciosos!, ¡los codiciosos!".

Sólo añadiremos unas palabras. En efecto, vivimos en un tiempo en el que “(...) el codicioso, bárbaro adorador del ídolo de oro, avanza a cara descubierta, libre de toda atadura, saqueador de la belleza, dueño del mundo”. Pero, tal vez por eso, hemos de recordar una y otra vez que el mundo no tiene dueño. Nadie puede poseerlo. En él nos movemos, vivimos y somos. En su seno nacen todas las cosas. Algunos pueden revolverse contra él pretendiendo hacerlo suyo, pero el empeño es tan absurdo e ilusorio como el de una rama intentando poseer el árbol del que nace, o el de un pez intentando apropiarse del mar que surca. Aunque la mentira vigente afirme lo contrario, debemos negarlo. No: el mundo no tiene dueño.

viernes, 2 de noviembre de 2012

La sonrisa de Agustín García Calvo

Ayer oí la noticia del fallecimiento de Agustín García Calvo y recordé aquella sonrisa socarrona con la que durante alguna de sus charlas señalaba su nombre en el cartel de la presentación, mientras decía: yo no soy éste...

¿Qué es lo que quería decir? ¿Por qué sonreía?  Sea como sea, en sus textos puedes aprender y desaprender, entre tantas otras cosas, cómo el nombre propio designa una vida reducida a tiempo, constituída como transcurso numérico entre el inicio y el fin, es decir, en muerte. Pero ¿acaso no es eso nuestra vida? En este punto, regresa su sonrisa. El inicio y el fin, el nacer, el morir: todos creen saber en qué consisten y a eso lo llaman “realidad”. Pero en verdad ¿qué podemos decir sobre ellos? Atrevámonos a leer sus textos (por ejemplo estos dos sobre el nacer y el morir). Tal vez nos ayuden a comprender el por qué de su sonrisa.