domingo, 20 de enero de 2013

¿Para qué sirve la filosofía?

La filosofía sirve para poner freno a la estupidez. La estupidez consiste en creer verdaderas las mentiras que en una sociedad se inventan para justificar sus desigualdades, sus luchas por el dominio, sus sacrificios inútiles, sus servidumbres disfrazadas, sus injusticias y su cobardía ante las posibilidades de lo real. Allí donde se descubre la mentira de la verdad, allí se filosofa y la estupidez retrocede, pudiéndose durante un instante frágil y eterno, sentir, pensar y crear de nuevo.

viernes, 18 de enero de 2013

El mayor archivo de audios y vídeos de animales

La Biblioteca Macauly es un inmenso archivo científico de audios y vídeos de animales que está ya accesible en Internet con más de 150.000 registros.

Mamíferos, insectos, reptiles e incluso peces, están grabados y clasificados en fichas en las que, además de aprender sobre ellos, podemos verlos y escucharlos. Ésta es su dirección:


domingo, 13 de enero de 2013

Delincuencia, violencia, desigualdad

El otro día salí de una clase de bachillerato bastante preocupado. Habíamos discutido sobre el problema de la delincuencia en nuestra sociedad. La respuesta mayoritaria de los alumnos que intervenían era la del endurecimiento del sistema penal. Ante el robo, el asesinato, la corrupción, la respuesta ha de ser aumentar el tiempo de condena y aplicar con más rigor las penas, llegando incluso a legalizar la pena de muerte. Sólo unas pocas personas dijeron, por ejemplo, que las personas cambian y que hay que dar una segunda oportunidad, siendo rápidamente contestadas con un rotundo “las personas nunca cambian”. Cualquier respuesta discutida se refería sólo al individuo, sin considerar ni su historia personal ni su realidad social. Nadie comentó, por ejemplo, que una sociedad con menos desigualdades es una sociedad menos violenta y con menos delincuencia. Pero así es. Por tanto, debemos añadir esa consideración. Un texto de Susan George tomado de su libro “Sus crisis, nuestras soluciones” lo plantea con brevedad y claridad:

“La cadena es muy simple si pensamos en ella desde esta perspectiva: las desigualdades suponen jerarquías rígidas; las jerarquías conllevan distinciones sociales y exclusión que refuerzan el estatus bajo y provocan una humillación constante, estresante, a grandes sectores de la población. Por consiguiente, las sociedades jerárquicas (y los lugares de trabajo), donde impera la desigualdad, tendrán peores consecuencias para la salud y causarán más violencia que las sociedades más igualitarias y menos jerárquicas”.

A continuación, la autora examina diversos estudios que muestran la correlación entre desigualdad social, enfermedad, violencia, delincuencia, e incluso falta de creatividad. ¿Una conclusión?

"Una sociedad igualitaria quizás parezca más cara de mantener, pero es una ganga si pensamos en las alternativas: la enfermedad, el crimen, la mala salud, el estrés y todos los demás impactos suponen costes enormes, también de carácter financiero".

martes, 8 de enero de 2013

El Ángel de la Historia

Angelus Novus de Paul Klee
"Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se muestra a un ángel que parece a punto de alejarse de algo que le tiene paralizado. Sus ojos miran fijamente, tiene la boca abierta y las alas extendidas; así es como uno se imagina al Ángel de la Historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso".

Walter Benjamin. Tesis sobre la filosofía de la historia, Tesis IX

sábado, 5 de enero de 2013

Por qué no se aburren los otros animales y nosotros sí

Los animales no se aburren porque, aunque recuerdan y esperan, carecen de la noción de tiempo como intervalo vacío entre un principio y un fin. Nosotros, en la medida en que sabemos de nuestro principio y nuestro fin desde cierta edad, percibimos el vacío del intervalo al cual solemos llamar “vida” e intentamos llenarlo (¿qué podría suceder si se pone en cuestión ese saber del principio y del fin?). Pero leamos mejor a García Calvo:

“El que no haya tenido tan siquiera la gracia de quedarse pensativo (y bien le disculparía si envidioso al mismo tiempo) contemplando las andanzas de un gato, calmosas, sigilosas, desapasionadas, de un cuarto al otro de la casa, y otra vez del otro al uno, subiendo las escaleras de uno al otro piso para volver a bajarlas tranquilamente, como señales evidentes de no estar buscando nada ni de ir a ningún sitio, o bien mirando a un asno plantado, delante de la cuadra, sobre sus cuatro patas, mirando indiferente ponerse el sol, durante una hora, dos horas de las nuestras, sin más movimiento que, lo más, una leve oscilación del rabo o un lento rebuzno cada media hora, difícilmente podrá entender qué es de lo que aquí tratamos.

Pero, si se ha parado a pensar en eso, y lo ha comparado con la incapacidad casi absoluta de la mayoría de los mortales para estarse ni tres segundos seguidos sin tener que ir a buscar algo o dedicarse a alguna gestión con la que entretenerse, o si no la encuentran, al fin caer dormidos, puede que esté en camino de entender algo del misterio por la vía más derecha.

Pues, si bien es cierto que de lo que pasa en los animales no podemos, positivamente, saber nada, y lo que pase por detrás de esos ojos le está vedado a cualquier pensamiento que no sea demasiado deshonesto ni tiránico, ello no impide que podamos discernir lo que no les pasa. Pues las señas del aburrimiento entre nosotros no pueden ser más visibles y estrepitosas: esa agitación vana y desmandada, ese apagamiento de los ojos, ese tamborilear de los dedos cansinos y de vez en cuando ese arquearse de los labios sin ganas de bostezar siquiera (síntomas que, si se prolongan, y engrandecen, pueden dar en decisiones de abrir otro parking subterráneo, de meterse con los esquíes en el auto o de presentarse a Diputado por Tarragona, por hacer algo) esa murria o desasosiego son señales evidentes de una impaciencia de que pasen los minutos, son evidencia de que todo el tiempo les está sobrando y no saben cómo quitárselo de encima.

Pues bien, de todos esos síntomas, en los otros animales, nada. Y ¿cómo entenderemos esa ausencia? ¿Es que carecen ellos de algún órgano superior de sensación, que en nosotros funciona tan oficiosamente, y que por eso no se dan cuenta de lo que pasa? Sí, evidentemente: les falta el órgano de la sensación o sentimiento del vació: no saben sentir el vacío, que a nosotros nos es al mismo tiempo tan sensible y tan intolerable.

Eso nos dice bastante de lo que no es y de lo que debe ser el Tiempo: no, ciertamente, nada como “lo que pasa”, “la vida”, “el flujo de las sensaciones”, sino más bien un intervalo entre hitos de una continuidad istituída, un hiato (chaós, bostezo) entre un número y el siguiente en la esfera o pantallita del reloj, entre la salida de la oficina y la entrada en la oficina, entre el arranque del autobús y la parada del autobús, entre la muerte prometida y lo que falta desde aquí para llegar a ella. Ese vacío entre sucesos significativos y computados es lo que era el Tiempo, del que nada saben los otros animales.

Ni me importa tampoco mucho averiguar hasta qué punto a los perros y demás se les puede transmitir o contaminar la facultad de sentir el vacío y de aburrirse. En todo caso, sólo los que saben su muerte son capaces de sentir ese vacío”.

(García Calvo, Contra el Tiempo).