miércoles, 14 de agosto de 2013

Volver a El Alto

Estoy pasando los meses de Julio y Agosto en Bolivia, entre la ciudad de La Paz y El Alto. Después de unas semanas de descanso y encuentro con los amigos, me pongo en contacto con el colegio Jesús-María de El Alto y surge la posibilidad de colaborar con ellos en tareas de apoyo a la lectura con niños de 7 y 8 años.

El trayecto desde donde me alojo en La Paz hasta el colegio de El Alto es largo y deja mucho tiempo para pensar. En uno de esos viajes pienso si esa pequeña tarea de apoyo a la lectura durante unas pocas semanas vale de algo ante tanta necesidad. Apenas una gota en el mar. ¿Para qué ese esfuerzo?

En ese instante recuerdo una historia conocida y mil veces escuchada que vuelvo a contar de memoria, con todo lo que la memoria tiene de invención. La historia dice así:

Un hombre camina por la playa, observando cómo las olas dejan en la arena pequeñas estrellas de mar que poco a poco van secándose al sol. A lo lejos distingue la figura de otro hombre que, en su paseo, toma con sus manos las estrellas con las que se encuentra, lanzándolas de nuevo al mar. Cuando se cruza con él no puede evitar preguntarle. ¿Por qué hace usted eso? ¿No se da cuenta de que por una estrella de mar que devuelve al océano, éste lanza a la orilla muchas más? No va a poder salvarlas a todas. Lo que hace no tiene sentido.

El hombre le mira y, sonriendo, le responde: tal vez no puedo salvarlas a todas y lo que hago no tiene ningún sentido, pero para ésta que tengo en mis manos tiene todo el sentido del mundo ¿verdad?

Y el hombre lanza la estrella de mar de vuelta al océano.

Bien, no sé si lo que hago tiene sentido o no,  ni si este subir y bajar de la ciudad de La Paz a El Alto cambia la situación con la que me encuentro, pero durante el tiempo que pasamos juntos, los alumnos, los profesores y yo aprendemos algo, aunque sea poco, más allá de que tenga luego una continuidad o no la tenga. Además, yo ya no sé si soy como el hombre que lanza la estrella de mar de vuelta al océano,  como el hombre que lo observa y le pregunta, o más bien como la estrella de mar en la arena, secándose bajo los rayos del sol, a quien unas manos desconocidas levantan en volandas para lanzarla de nuevo a la vida, una vez más. No lo sé, pero presiento que puedo descubrirlo si vuelvo de nuevo al largo camino que une La Paz y El Alto

Lo haré. Mañana volveré a EL Alto.

lunes, 5 de agosto de 2013

Madre nuestra que estás en la Tierra

Escribo estas líneas desde Bolivia. Aquí, con la llegada del mes de Agosto, se celebra a la Pachamama con multitud de rituales. Para acercarnos a ella, nada mejor que este texto de Galeano:
Madre nuestra que estás en la tierra
Eduardo Galeano- Los Hijos de los días.

En los pueblos de los andes, la madre tierra, la Pachamama, celebra hoy su fiesta grande.
Bailan y cantan sus hijos, en esta jornada inacabable, y van convidando a la tierra un bocado de cada uno de los manjares de maíz y un sorbito de cada uno de los tragos fuertes que les mojan la alegría.
Y al final, le piden perdón por tanto daño, tierra saqueada, tierra envenenada, y le suplican que no los castigue con terremotos, heladas, sequías, inundaciones y otras furias.
Ésta es la fe más antigua de las Américas.
Así saludan a la madre, en Chiapas, los mayas tojolabales:
Vos nos das frijoles,
que bien sabrosos son
con chile, con tortilla.
Maíz nos das, y buen café.
Madre querida,
cuidanos bien, bien.
Y que jamás se nos ocurra
venderte a vos.
Ella no habita el Cielo. Vive en las profundidades del mundo, y allí nos espera: la tierra que nos da de comer es la tierra que nos comerá.

En el altiplano andino, mama es la Virgen y mama son la tierra y el tiempo.
Se enoja la tierra, la madre tierra, la Pachamama,
si alguien bebe sin convidarla.
Cuando ella tiene mucha sed, rompe la vasija y la derrama.
A ella se ofrece la placenta del recién nacido, enterrándola entre las flores,
para que viva el niño; y para que viva el amor, los amantes entierran cabellos anudados.
La diosa tierra recoge en sus brazos a los cansados y a los rotos,
que de ella han brotado, y se abre para darles refugio al fin del viaje.
Desde abajo de la tierra, los muertos la florecen.