miércoles, 24 de junio de 2015

Lo demónico en Goethe

En la medida en que la filosofía trasciende los diversos saberes con los que vamos construyendo un lugar habitable en el mundo, enfrentándolos mutuamente, descubriendo sus semejanzas, subrayando sus diferencias, obligándolos a desbordarse los unos en los otros, y a nosotros con ellos, se abre a una experiencia de la realidad en su dimensión contradictoria, unitiva, desgarradora y polémica a la que Goethe, desde su experiencia de vida, designa de modo escurridizo y fugaz con el término "demónico". Nada parece turbar al hombre que habita en la solidez de sus dogmas no cuestionados y en la supuesta evidencia de sus certezas. Pero cuando el viento sopla, ruge la tormenta y se anuncian los límites de nuestro saber y nuestro poder, lo demónico hace acto de presencia. Se trata de la Naturaleza y sobre ella escribe el autor las siguientes palabras:

Creyó reconocer en la naturaleza, tanto en la viva como en la inerte, tanto en la animada como en la inanimada, algo que sólo se manifestaba mediante contradicciones y que por eso no podía ser retenido en ningún concepto y aún menos en una palabra. No era divino, pues parecía insensato; no era humano, pues carecía de entendimiento. No era diabólico, pues era benefactor; no era angelical, pues a menudo permitía reconocer cierto placer por la desgracia ajena. Se parecía al azar, pues no demostraba tener causa alguna; se parecía a la predestinación, pues hacía pensar en cierta coherencia. Todo lo que a nosotros nos parece limitado, para ello era penetrable. Parecía disponer arbitrariamente y a su antojo de los elementos necesarios de nuestra existencia. Comprimía el tiempo y extendía el espacio. Sólo en lo imposible parecía moverse a sus anchas mientras rechazaba desdeñosamente lo posible.

A este ser que parecía abrirse paso entre todos los demás, segregándolos y uniéndolos, di en llamarlo «demónico», siguiendo el ejemplo de los antiguos y de quienes habían percibido algo similar. Traté de salvarme de este ser terrible refugiándome, según mi costumbre, tras una imagen (…)

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