viernes, 29 de enero de 2016

Tiempo renaciente

La experiencia común del paso del tiempo es la de una sucesión de instantes, etapas, fases que se siguen las unas a las otras, según un orden de anterioridad y posterioridad que consideramos irreversible. El tiempo pasa, se suceden las horas, los días, los años, las vidas, las generaciones, y decimos con Homero aquello de:
Cual la generacion de las hojas, asi la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo, y la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: de igual suerte, una generacion humana nace y otra perece.
Pero esto nunca nos ha bastado. Si el tiempo sólo es sucesión y todo pasa, pasan nuestros anhelos, nuestras vidas, todo cuanto ve la luz y el olvido se adueña de todo. ¿Es ésa la última palabra sobre la naturaleza del tiempo? ¿Debemos conformarnos con ella y adaptar nuestra vida a esa verdad?
No es necesario conformarse ni hay que buscar lo eterno como si acaso nos faltara. No sólo ciertos filósofos y poetas sino generaciones de seres humanos antes que nosotros se han procurado vías, caminos y medios para lograr acceder a otro tiempo, distinto del tiempo de la sucesión pero relacionado con él, en el que lo que sucede es una realidad siempre viviente, que se hace presente cada vez que se accede a ella sin quedar agotada en su presentación, cuyo pasar no es irreversible porque siempre puede volver. Se trata del tiempo al que se refieren los mitos, los cuentos y su “érase una vez...”, los arquetipos, las celebraciones, la poesía, el teatro, el ejercicio del pensamiento, un tiempo en el que el orden de la sucesión queda trastocado, en el que lo que una vez fue volverá a ser, en el que el pasado es un futuro que quiere de nuevo hacerse presente, un tiempo que acompaña al presente de la sucesión como una posibilidad pura que nunca se agota ni se presenta del todo, siempre ya pasada y aún por venir, pasando sin terminar de pasar.

Los seres humanos se han procurado el acceso a ese tiempo determinando un lugar propicio para el encuentro, el templo, un momento adecuado, la fiesta, y una acción mediante la cual arribar al tiempo renaciente, el ritual. Cuando en el templo, durante la fiesta y mediante el ritual, el acceso a ese tiempo incesante se cumple, el carácter irreversible de la sucesión queda cancelado y todo puede volver a comenzar. Es el tiempo del perdón, del olvido, del nacimiento, de la vida nueva. El tiempo mismo renace de sí, como hijo de sí mismo. Nuestros calendarios apenas guardan la huella de esa experiencia. Sin embargo, su posibilidad sobrevuela cada segundo, cada día y, en definitiva, cada vida.

lunes, 25 de enero de 2016

¿Qué hacer cuando la vida no nos da lo que queremos?

Despertar
La radio está puesta. La voz de la locutora presenta el tema de un debate que ocupará los próximos minutos del programa. Dice así: ¿qué hacer cuando la vida no nos da lo que queremos? Quisiera escuchar el debate, pero otras circunstancias me lo impiden. Sin embargo hoy, al recordar durante un instante la pregunta, encuentro una respuesta breve, para desarrollar más adelante. La anoto antes de olvidarla.


Cuando la vida no nos da lo que queremos, podemos hacer tres cosas. La primera, crecer, porque el niño caprichoso que somos a cualquier edad ha de dar paso al adulto. La segunda, despertar, porque podemos estar prisioneros de un sueño que nos aleja de la realidad, condenándonos a una insatisfacción perpetua si no salimos de su embrujo. La tercera, crear, es decir, dejar que de ti nazca algo nuevo, distinto de la mera prolongación de tu presente y de tu pasado, porque en el crear, en el dejarse nacer, se encuentra la verdadera respuesta al anhelo humano.

martes, 19 de enero de 2016

Diario de clase: ¿hay algo indudable en este mundo?

Estudiando el tema de Descartes con los alumnos de 2º de bachillerato les planteo una pregunta como actividad: ¿hay algo indudable en este mundo? El ejercicio no consiste sólo en responder a esta pregunta sino, a continuación, en tratar de cuestionar con algún argumento esa supuesta evidencia, porque filosofar implica poner en duda lo evidente..

Desde entonces no he podido quitarme "la pregunta de la cabeza". Y la respuesta más inmediata que encuentro coincide con la de la mayoría de los alumnos. Lo indudable para ellos es, en primer lugar, la muerte y en segundo lugar una verdad matemática como 1+1 = 2.

A continuación viene el problema  porque hay que intentar poner en cuestión la supuesta evidencia de esas dos verdades. Pero ¿es posible? ¿Hay algún argumento capaz de cuestionar la evidencia de la muerte y de una suma sencilla como 1+1=2?  Vamos a intentarlo empezando por la suma.

1+1= 2 es una verdad indudable en el ámbito de la aritmética, pero no en otros contextos. Si operamos con números binarios, 1+1=10. En el álgebra de Boole, 1+1=1. Si operamos con los números entendiéndolos como objetos, 1+1=11.

Por lo tanto, estos tres ejemplos nos enseñan que no podemos afirmar sin más lo indudable de 1+1=2. Hay que referir esta operación a un contexto determinado para que se cumpla o no su supuesta evidencia. En este caso, a la aritmética.

¿Ocurrirá lo mismo con la muerte? Hagamos la prueba.

Solemos afirmar lo indudable de la muerte y la entendemos como el cese de las actividades vitales de un individuo. Pero esa definición de "muerte" supone una definición previa de "vida" y no hay una única manera de definirla, sino al menos tres: como proceso físico-químico, como fenómeno espiritual y como realidad emergente.

Podemos entender la vida como un conjunto de procesos físico-químicos que permiten a un organismo independizarse de su medio y poseer un control específico sobre él. En este caso, la muerte, como cese de esa independencia y control, consiste en una disolución del individuo en el medio. Se trata de una concepción monista para la cual la muerte es disolución.

Ahora bien, podemos entender los procesos vitales que permiten la autonomía del organismo respecto de su medio como procesos dependientes de su base físico-química pero irreductibles a ella. En este sentido, la vida está presente en la materia pero no coincide con ella debido a su carácter inmaterial o espiritual. Por lo tanto, la muerte consiste no en disolución, sino en separación entre la realidad espiritual y la material. Se trata de una concepción dualista para la cual la muerte es separación.

En tercer lugar podemos comprender la vida como conjunto de propiedades de una realidad material inmersa en un proceso evolutivo cuyo dinamismo se articula en niveles diferentes –el elemental, el atómico, el molecular, el viviente, el inteligente- dotados de propiedades nuevas no reducibles a las propiedades de los estados anteriores. La evolución es producción de novedades.  En este sentido, la muerte consiste en la diferenciación de un nivel de realidad respecto del precedente, que insiste sin embargo en él. Se trata de una concepción emergentista para la cual la muerte es diferenciación.

Teniendo en cuenta lo anterior ¿en qué consiste la evidencia de la muerte? ¿En la disolución del individuo en su medio? ¿En la separación del alma y el cuerpo? ¿En distinguirse de lo que se ha sido para ser de otro modo?

Confesamos nuestra simpatía por la tercera respuesta, sin que le falten dificultades por resolver. No reduce los procesos vitales a su base físico-química, olvidando su peculiaridad, pero tampoco afirma una realidad más allá de lo material para explicarlos, sino que concibe a la realidad misma como capaz de "dar de si" nuevas realidades, es decir, como fecundidad. Además, en el seno de tal fecundidad, dejar de ser lo que se fue (morir) y comenzar a ser lo que será (nacer) se muestran como dos dimensiones inseparables de un mismo devenir.

viernes, 8 de enero de 2016

Un test sobre inteligencia emocional

Se suele definir la inteligencia emocional como la capacidad de sentir, entender, controlar y modificar las emociones, tanto en uno mismo como en los demás, no tanto para negarlas sino para encauzarlas y dirigirlas positivamente.

La inteligencia emocinal posee dos dimensiones: la intrapersonal y la interpersonal. Sus competencias son la conciencia de uno mismo, la autorregulación, la motivación, la empatía y las habilidades sociales.

¿Cuáles son los puntos fuertes y débiles de tu inteligencia emocional? Puedes encontrar una orientación, sin valor diagnóstico, en el siguiente test: