jueves, 27 de julio de 2017

En qué consiste pensar

"Vértigo" de Alfred Hitchcock
Cuando pregunto a mis alumnos en qué consiste la filosofía para ellos, casi siempre me contestan: la filosofía consiste en pensar.

Bien, pero ¿qué significa pensar? Ante esta pregunta, ensayaremos de forma tentativa una respuesta. Sólo un primer paso, si es que en estos asuntos un primer paso es posible.

Pensar consiste en ir de algo a su principio, y regresar desde el principio hasta el punto de partida, para descubrir que ya nada es igual.

Pensar consiste en partir desde algo que aparece, se muestra o se revela inquietándonos, zarandeando nuestras creencias previas y provocando nuestro asombro, hasta alcanzar su razón o logos propio, su Idea explicativa (momento de progreso), para luego retornar desde el principio explicativo descubierto hasta el fenómeno de partida que buscamos comprender (momento de regreso). Y sin embargo la figura que dibuja el pensamiento al ir del fenómeno a su principio para luego regresar no es un círculo, puesto que en el regreso, el pensamiento descubre aspectos imprevistos del fenómeno que han de ser de nuevo comprendidos. En consecuencia, la figura dibujada por el pensamiento no es un círculo, sino una espiral. Entre el inicio y el fin, el pensamiento descubre una diferencia que lo impulsa de nuevo a recorrer la distancia entre ambos, abriéndose a un horizonte desconocido.

Comprendido de este modo en qué consiste pensar, añadimos a continuación tres características que desarrollan algo más esta respuesta.

Pensar es pensar algo y su principio al menos de tres modos: 1) críticamente, 2) trágicamente y 3) como celebración. Expliquemos brevemente cada uno de ellos.

En primer lugar, pensar algo es pensarlo críticamente porque el pensamiento no se detiene en una comprensión determinada de su tema sin ser infiel al movimiento que lo define: el descubrimiento de nuevos aspectos en el asunto del que se ocupa le fuerza a un nuevo alzado hasta el principio explicativo que permita su comprensión. En consecuencia, el pensar algo deja su criticismo y se convierte en dogmático cuando, abandonando su estructura en espiral, progresa hacia una comprensión determinada del fenómeno del que se ocupa, se detiene en ella y, sin regresar, da por finalizada su tarea.

En segundo lugar, pensar algo es pensarlo trágicamente porque entre el punto de partida y el punto de llegada del pensamiento hay una fractura que deja abierta y sin término su tarea, haciendo de su progreso y su regreso una espiral sin fin. En este sentido, pensar algo no tiene una estructura dramática porque no comienza con un planteamiento, continúa con un nudo y termina con un desenlace. Al pensar algo nos encontramos con un inicio siempre ya comenzado (no hay un primer pensamiento) y un final siempre trascendido (no hay un último pensamiento). Si pensar algo tiene un término, ese término es semejante a un acorde de séptima. La conciliación entre el principio y el fin se encuentra siempre por venir.

En tercer lugar, pensar algo es pensarlo celebrativamente: un pensamiento crítico fiel a su carácter trágico afirma a su vez esa fractura inextinguible entre el fenómeno y su principio, entre la pregunta y la respuesta, entre el misterio y la palabra que lo ilumina, haciendo posible gracias a esa afirmación el permanecer unido de lo siempre separado. Lo más lejano, y lo más cercano, el enigma y la solución, lo manifiesto y lo oculto, lo presente y lo ausente, permanecen juntos gracias a la insistencia crítica y trágica del pensamiento en la distancia que los separa. De lo contrario, en el pensar acrítico y dogmático cada término vuelve su espalda a los otros, a la espera de una ocasión propicia para el encuentro. Encuentro que vuelve de nuevo a celebrarse cada vez que alguien, inquietado por algo o por alguien que le incumbe, le aguijonea y le asombra, se pone a pensar.

sábado, 22 de julio de 2017

Notas sobre un texto de Eugenio Trías acerca de Dios

Eugenio Trías (foto de Joan Sánchez)
Buscando un texto sobre otro tema, abro las páginas de un libro de Eugenio Trías titulado “Tratado de la pasión” y me encuentro con una página acerca de Dios. Pero en estas notas no sólo citamos ese texto con intención de plantear el tema de Dios, sino porque encontramos en él una forma sucinta, breve, de adentrarnos en la obra de Trías. El texto dice así:

Dios no es ya, por otra parte, Sustancia Una que deja como saldo irresoluble, las antinomias parmenídico-platónicas de lo Uno y de lo Múltiplo o de lo Uno y de la entidad, sino que es, en su naturaleza misma, diferencia, escisión consigo mismo, autodesgarro, la cual diferencia funda un orden dual -de separación, de abandono, de vació, de dolor, de odio- que sólo en la tercera figura, el espíritu de amor, alcanza, en pura insistencia en el elemento diferencial, su conciliación, su Versöhnung” (TP, pág. 60).

El “Tratado de la pasión”, tal como escribe Trías en sus primeras líneas, pretende concebir la pasión como Idea nuclear desde la cual comprender la realidad. Desde "Los límites del mundo" será la Idea de Límite la que, de piedra desechada por la tradición, pasará a ser sin embargo piedra angular de su obra. Y en un texto posterior, “Pensar la religión”, escribirá también sobre el Dios del Límite.

¿Es la Idea de Límite el modo en el que Trías recrea y varía singularmente el tema de la Diferencia, central en gran parte del pensamiento contemporáneo? ¿Es la Idea de Diferencia o Límite la puerta magna para el planteamiento de lo divino en nuestro presente? Aquí simplemente planteamos estas preguntas y señalamos tres puntos presentes en el texto citado que nos ayudan a vislumbrar la arquitectura implícita en varias de las obras de Trías.

En ellas se trata de 1) una diferencia que, referida a sí misma, y por tanto autodesgarrada y escindida 2) abre un orden de separación, distancia e irreductibilidad 3) cuya conciliación se alcanza en la renovada insistencia en el elemento diferencial.

Y de este modo, partiendo de un orden de experiencia determinado, como la filosofía y su sombra, lo bello y lo siniestro, el ser y la nada, uno y sí mismo, lo manifiesto y lo replegado en sí, etc, (punto 2), el texto filosófico propicia un alzado a la razón o logos inscrito en tal orden, es decir, al límite o diferencia intrínseca (punto 1) a la luz del cual y desde cuyo movimiento propio (ser sí mismo en el puro diferenciarse de sí) se recrea el orden de fenómenos de partida como variaciones diferenciadas de lo mismo (punto 3).

¿Será el filosofar, según todo esto, un regresar a la caverna platónica después de liberarse de sus cadenas y haber visto el Sol, para retornar incesantemente a las sombras, acompañado de su luz? Esta posibilidad nos trae un recuerdo: aquella definición que Eugenio Trias hace de sí mismo según la cual no es sino un "exorcista ilustrado"...

domingo, 16 de julio de 2017

sábado, 8 de julio de 2017

Para qué escribe libros Foucault

Michel Foucault
“Mis libros son para mí experiencias, en un sentido que querría lo más pleno posible (…). Si debiera escribir un libro para comunicar lo que ya pienso antes de haber comenzado a escribir, nunca tendría el valor de emprenderlo. No escribo sino porque no sé aún exactamente qué pensar de algo que me gustaría tanto pensar... De modo que el libro me transforma y transforma lo que pienso”.

Una experiencia es algo de lo que uno mismo sale transformado”,

                                     Entrevista con Michel Foucault, D. E., IV, págs. 41-95, págs. 41-42


Hay una modificación del modo de ser que se atisba a través del hecho de escribir”.

Se escribe para ser otro que el que se es”.

                                         Arqueología de una pasión, D. E., IV, págs. 509-608, pág. 605