miércoles, 23 de agosto de 2017

Causas del terrorismo islamista

Mosaico de Las Ramblas (Miró)
Los recientes atentados en Barcelona y Cambrils, pero también los de Londres, París o tantos otros lugares dentro y fuera de Europa, hacen imprescindible preguntarnos por las causas del terrorismo islamista. Necesitamos una respuesta que nos permita entender algo de un horror que nos ha tocado tan cerca, y que más allá de nuestras fronteras se realiza por musulmanes y contra musulmanes, entre los que se encuentran la mayoría de las víctimas.

Por esa razón nos preguntamos qué lleva a estos grupos de jóvenes a realizar matanzas indiscriminadas de personas indefensas y anónimas en nuestras ciudades. Pues bien, comenzaremos diciendo que la respuesta no puede ser simple. El fenómeno terrorista es complejo, tiene múltiples dimensiones, y la respuesta ha de intentar recoger esa complejidad. Además, nos encontramos aquí con un grave peligro. Una respuesta demasiado simple sólo sirve para justificar extremismos que, cuando no son inmediatamente violentos, son semilla de violencia.

Entendiendo que no hay una causa única, sino un conjunto de factores en relación, empezamos encontrando causas sociales y económicas. Los efectos de la crisis económica internacional en los estados europeos y el fracaso de las políticas de inmigración e integración son dos de los factores que han dado lugar a una juventud con pocas posibilidades de futuro. Dentro de ella, una minoría incapaz de encajar en el marco de sus comunidades en Europa, encuentra en movimientos terroristas una salida a sus frustraciones. En concreto, la falta de integración social de inmigrantes musulmanes de segunda y tercera generación en algunos países europeos crea situaciones de exclusión social que han propiciado la adhesión de algunos jóvenes a estos movimientos.

Ademas de causas económicas y sociales, hay causas individuales, ligadas a los procesos de construcción de la propia identidad. Muchos terroristas son jóvenes que, en una etapa crítica de su proceso vital, atraviesan periodos de búsqueda de valores y sentido sin que su entorno social pueda darles una respuesta. El joven, partiendo de esa experiencia de desorientación y sin la madurez necesaria para elaborar criterios propios de conducta, entra en contacto con alguna figura adulta cargada de autoridad, poder carismático y capacidad para argumentar, la cual le ofrece una explicación y una solución. La explicación consiste en señalar a un culpable de ese malestar, un grupo social determinado responsable de la realidad en la que se vive. La solución se encontrará en una respuesta violenta contra ese grupo, legitimada por un conjunto de ideas políticas, éticas y religiosas que lo demonizan, privándole de su carácter humano, y justificando su aniquilación. El semejante deja de serlo y, convertido en un monstruo responsable de la degradación del mundo, se convierte en algo que ha de ser destruido.

Junto a causas sociales, económicas e individuales, hay también causas geopolíticas. Una serie de conflictos internacionales que se remontan al menos al final del colonialismo europeo, la guerra fría y uno de sus últimos capítulos, la guerra ruso-afgana, dibujan un contexto de violencia constante en el que se desarrolla el terrorismo islamista. En ese contexto se pueden señalar algunos elementos actuales que explican su pervivencia, como la situación del Oriente Medio, el fracaso islamista en la llamada “primavera árabe”, la guerra de Irak, o la aparición del llamado Estado Islámico.

A las causas anteriores hay que añadir una más, indispensable, que es la del fundamentalismo religioso. Los terroristas islámicos invocan venganza ante bombardeos realizados sobre poblaciones civiles en el mundo musulmán, o ante las torturas sistemáticas realizadas por regímenes autoritarios apoyados por el Occidente democrático, y pretenden realizarla mediante una violencia apoyada en una concepción fundamentalista de la religión. Esta concepción afirma que el islam se ha ido contaminando a lo largo de los siglos con innovaciones provinientes del cristianismo, del paganismo, del mundo moderno, y su propuesta es volver a lo que ellos creen que es el origen del islam aplicándolo en su literalidad, la sharía o ley islámica. La aplicación literal de la sharía codifica de forma estricta la conducta y rige todos los aspectos de la vida. En sí mismo, este fundamentalismo religioso no se identifica con el terrorismo, pero es la condición para el yihadismo, consistente en la utilización de medios violentos para conseguir esta vuelta al origen. Al-Qaeda y el Estado islámico serían dos de sus formas.

Nos hemos preguntado por las causas del terrorismo islamista y la respuesta nos ha llevado a una diversidad de factores: económicos, sociales, individuales, geopolíticos, religiosos, entre otros. Esto nos descubre, a su vez, que las posibles soluciones no pueden ser simples. No basta con una intervención militar, o con la vigilancia policial, aunque sea imprescindible, porque el fenómeno no es sólo una cuestión de seguridad, sino que sus raíces son mucho más amplias. Al desarrollo de políticas de integración social y redistribución de la riqueza, abría que sumar el multilateralismo en las relaciones internacionales, el paso a un modelo de desarrollo global no determinado únicamente por el beneficio económico a costa de la naturaleza, de la pluralidad cultural, y de toda referencia a lo sagrado, así como el crecimiento en el mundo musulmán de corrientes religiosas reformistas que dialoguen con la modernidad, a pesar de sus gravísimas contradicciones.

Pero para terminar estas notas quisiéramos plantear una última cuestión. Además de nuevos atentados en nuestro país, en otros países de Europa o en el resto del mundo, hoy nos enfrentamos a otro peligro muy cercano: el de responder con odio al odio recibido. Y ése es sin duda uno de los objetivos de estos atentados, el de propagar en las sociedades occidentales el odio al Otro, encendiendo las diversas formas de xenofobia latentes o ya explícitas en nuestros países, provocando el choque entre identidades culturales en vez de su apertura mutua, para convertirnos también a nosotros en fanáticos creyentes de alguna explicación de la realidad que nos salve de la complejidad infinita del mundo. Ante ese peligro, cualquier ciudadano tiene en sus manos una solución: estar atento, en su día a día, a las semillas de fanatismo que encuentre en otros o en él mismo y no alentarlas, ni propagarlas, sino criticarlas, descubriendo las mentiras en las que se basan, para buscar el encuentro valeroso con el otro desde la fidelidad a las raíces siempre abiertas de nuestra identidad.

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