sábado, 29 de diciembre de 2012

Sobre el pasar de las cosas

Las cosas que pasan, ya sean alegres o tristes, banales o grandiosas, ocurren de forma sucesiva, según el antes y el después, en un orden irreversible, de modo que las cosas que ya han pasado, han pasado definitivamente y ni siquiera los dioses, dice Sófocles, pueden evitarlo. Nadie puede deshacer lo hecho. Cuando las cosas que pasan lo hacen de este modo, decimos que tienen una historia y esa historia cuenta cómo se suceden unas cosas después de las otras, pudiendo distinguirse en ese suceder etapas, fases y épocas.

Sin embargo, las cosas que pasan no sólo suceden así, en sucesión, de forma irreversible, una sola vez y “nunca más” . Algunas de ellas, a la vez que se alejan del presente hundiéndose en el pasado, se acercan a él desde su distancia, llamando a su puerta. Recuerdo, por ejemplo, el nacimiento de mi hija. Según el calendario, han pasado ya varios meses y su llegada se aleja, como todas las demás cosas que pasan, del presente. Pero a la vez, y sin saber bien cómo, no puedo dejar de reconocer que ese acontecimiento vuelve a irrumpir en él como si no hubiera pasado o, más bien, como si no dejara de pasar. Repentinamente vuelvo a sentir la alegría por su llegada, la impresión del primer encuentro, la sorpresa ante la expresión de sus ojos mirando por primera vez. ¿Qué puedo decir? Su nacimiento, ese acontecer, se me desdobla (no sé decirlo de otra manera) en un presente que pasa y se aleja y en un pasado que insiste en ser y en no dejar de pasar. Y lo mismo me pasa con otro ejemplo, tan distinto y a la vez tan parecido, el de la muerte de mi padre. Todo sucedió con una relativa rapidez. Una llamada de teléfono, acudir precipitadamente al hospital, dos días de incertidumbre… La fecha de su fallecimiento se aleja en el calendario, de manera que cuando lo miro, veo con sorpresa infinita como han pasado ya tantos meses desde aquel día y sin embargo, al mismo tiempo, no puedo dejar de sentir que aquello no deja de pasar, que esa despedida no cesa y que sigo viéndole partir.

Dicen que pensar es describir lo que se siente y ser fiel a ello. Si soy fiel a lo que siento acerca de las cosas y de su pasar, tengo que decir que las cosas pasan, unas tras otras, y cada una de ellas de una vez por todas, y así quedan consignadas en el calendario, en su fecha y su lugar, y a la vez, en un a la vez que no entiendo, no dejan de ser lo que son, no dejan de ocurrir, están pasando y por eso nunca llegan a pasar del todo, ni dejan de hacerlo.

Así lo siento, así lo pienso. De un lado, un orden irreversible de hechos que se suceden los unos a los otros. Del otro, un orden de insistencias que no dejan de pasar... y de quedar. Así pasan las cosas que pasan.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Trabajo para 1º y 2º de Bachillerato (2ª evaluación)

El trabajo voluntario e individual para esta evaluación consiste en una disertación sobre el siguiente tema: ¿Qué es la realidad?.

Para orientar la preparación puedes plantearte cuestiones como las siguientes: ¿Qué propiedades definen lo real?¿lo virtual es ilusión o realidad?¿La realidad se descubre o se inventa?¿Es racional la realidad?¿Qué relación hay entre utopía y realidad?¿Es la realidad un sueño?

El formato de la disertación será el siguiente: 
  • Tipo de letra: Times New Roman
  • Tamaño: 12 puntos
  • Margen izquierdo y derecho: 3 cm.
  • Margen superior e inferior: 2,5 cm.
  • Espacio interlineal: 1,5
El archivo de texto se podrá enviar hasta el 31 de Enero a esta dirección: clasesjm@hotmail.com
  
Se seleccionarán dos ejercicios para presentar a las III olimpiadas filosóficas de la comunidad de Madrid.
  
La valoración del trabajo voluntario será la misma que en la primera evaluación.
 
 
 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

María y la verdad

María es una alumna de Bachillerato. Se ha presentado al examen de recuperación pero ha vuelto a suspender. Una pregunta del examen pedía relacionar alguna de las teorías sobre la verdad estudiadas en clase (la consensual, la pragmática, la verdad como adecuación y como coherencia) con la siguiente frase: "la verdad os hará libres". Ella no ha contestado a la pregunta, pero ha escrito la siguiente respuesta:
Lo que este texto quiere decir es que la verdad es una fuerza y que si no la ocultamos podremos vivir en paz.
Ahí es nada.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Mis paseos con Laura (o sobre metas y fines)

Cada día, a eso de las siete de la tarde, preparo a Laura para nuestro paseo. Mientras busco su abrigo (para que no pase frío), el peine (para domar durante un rato sus rizos rebeldes) y el león de peluche (para protegernos de posibles peligros) voy pensando hacia dónde iremos en esta ocasión. Tal vez a la plaza del Ayuntamiento, o a la que rodea a la Iglesia de San Antonio si vamos rectos o, bajando toda la calle, hasta el prado de San Roque. Cuando termino los preparativos y le digo "vámonos de paseo", ella se dirige hacia la puerta seria y decidida. La tomo en mis brazos para bajar las escaleras, la deposito en el suelo con cuidado y de inmediato echa a andar. Tengo que ir tras ella unos pasos y coger su mano para iniciar nuestro camino. Hoy, por ejemplo, iremos al Ayuntamiento. Ésa es la meta de nuestro paseo.

Y sin embargo... el mundo es tan grande, está tan lleno de cosas asombrosas que tocar, agarrar, ver o saborear, cosas que no dejan de llamar nuestra atención para ser pisadas, mordidas o guardadas en los bolsillos (en el mejor de los casos), que si de casa al Ayuntamiento hay diez minutos para un adulto, contigo, querida Laura, podemos tardar al menos una hora.

¡Y que hora! Nada más comenzar el paseo, descubres piedras de un blanco luminoso que destacan más sobre el gris del asfalto cuando las colocas unas detrás de otras, en una larga fila. Y no olvidas tomar esa piedra desechada por su forma o su peso guardándola en tu bolsillo para futuras construcciones.

Unos pasos más allá, una grieta en la pared es el lugar perfecto para ir incrustando cada una de las piedras y formar una hilera dentada que parecen sonreírnos. Después de guardártelas de nuevo en el bolsillo, avanzamos unos pasos más hacia el Ayuntamiento, pero antes descubres un bordillo en la acera de la altura justa para convertirlo en tu asiento. Con destreza y precisión, te acercas a él, giras el cuerpo, te agachas y te dejas caer, convirtiéndolo desde ese instante el en más rico trono que reina alguna haya podido poseer jamás. Pero sólo por unos segundos porque enseguida te levantas y sigues el camino.

Apenas recorridos unos pasos y tras doblar la esquina, aparece una fuente. ¡El agua! Me tomas de la mano y me llevas hasta el pilón de piedra, una muralla para ti. Te elevo por los aires acercándote al hilo de agua con el que te mojas la cara, imitando los gestos que me has visto hacer tantas veces al afeitarme y no puedo evitar sonreír. Volvemos al camino y avanzamos unos pasos pero al cruzar la calle se escucha un ladrido familiar y te vas buscando a Pecas, el pequeño perro gritón que te saluda desde la cancela de su casa cada tarde. Y sí, allí está, lanzando sus ladridos al aire, mientras desde muy lejos, otros ladridos le responden. Él te ve, se acerca moviendo la cola y te ladra. Tú le ves, te acercas corriendo y le ladras. Entonces me miras mientras lo señalas con el dedo y yo, después de pensarlo un momento, pues -qué diablos- le ladro también. La animada conversación se prolonga unos instantes, pero no muchos, porque Pecas no es nada paciente y a mi no me gusta que me ladren, así que seguimos nuestro paseo.

Mientras vamos caminando me pregunto: ¿llegaremos algún día al Ayuntamiento? Lo haremos, desde luego, pero mientras tanto, este paseo contigo me recuerda lo extraño que es el mundo, las maravillas que guarda en cualquiera de sus rincones y los tesoros que nos ofrece en cuanto dejamos por un tiempo nuestra búsqueda del fin.

Mañana seguiré buscando metas y fines. Tomaré el autobús para ir a Madrid. Iré a Madrid para llegar al colegio, llegaré al colegio para dar las clases y así de meta en meta y de fin en fin... Pero has de saber que al mismo tiempo y sin saber cómo, también seguiré aquí, paseando contigo por estas calles llenas de misterios y olvidado para siempre de todas las metas y los fines, sabiendo que un día, aquel que busca sus metas y éste que camina sin fin se encontrarán sin buscarse mientras doblan, por ejemplo, esta esquina.

(dedicado a R. porque sin ella estos paseos no serían posibles)

martes, 20 de noviembre de 2012

Para aumentar la cifra de accidentes

"Un hombre va a subir al tren en marcha. Pasan los escaloncillos del primer coche y el viajero no tiene bastante resolución para arrojarse y saltar. Su capa revuela movida por el viento. Afirma el sombrero en la cabeza. Va a pasar otro coche. De nuevo falta la osadía. Triunfan el instinto de conservación, el temor, la prudencia, el coro venerable de las virtudes antiheroicas. El tren pasa y el inepto se queda. El tren está pasando siempre delante de nosotros. El anhelar agita nuestras almas, y ¡ay de aquel a quien retiene el miedo de la muerte! Pero si nos alienta un impulso divino y la pequeña razón naufraga, sobreviene en nuestra existencia un instante decisivo. Y de él saldremos a la muerte o a una nueva vida, ¡pésele al Destino, nuestro ceñudo príncipe!"
                                                      Para aumentar la cifra de accidentes. Julio Torri.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Atenas, Granada, Barakaldo

El pasado 4 de abril en Atenas, el farmacéutico jubilado Dimitris Christulas se suicida frente al Parlamento griego. No quiere buscar entre la basura el alimento al que tiene derecho después de años de trabajo. El pasado mes de Octubre, en Granada, un hombre de 53 años se quita la vida el día en que iba a ser deshauciado. Ayer, 9 de Noviembre, Amaia Egaña se suicida en Baracaldo cuando van a deshauciarla.

El 25 de Mayo aparece en los medios un alegato contra la codicia escrito por Rafael Argullol, en homenaje al jubilado griego. Transcribimos el siguiente fragmento:

El sol del mediodía
clava en tierra los pasos y los gestos
—la ciudad, los paseantes, el puño amenazador—,
y otra vez estalla el silencio
que envuelve el último ademán de Christulas
allá en Syntagma, en el corazón de Atenas.
"¡Los codiciosos!, ¡los codiciosos!".
Detrás de la gran fachada de cristal
—como si fuera la gigantesca bola de un mago—
puedo contemplarlos claramente,
juntos, en el nervioso tropel de la compraventa,
y uno a uno, el depredador dispuesto
al asalto final sobre la presa.
"¡Los codiciosos!, ¡los codiciosos!".

En el espejo deformante
todos somos codiciosos o cómplices de la codicia,
pues, por cobardía o miedo,
renunciamos al deber de explicar que el hombre
era el único animal que se había preguntado
por lo que había tras la línea del horizonte,
y nos rendimos a lo más cruel y sangriento,
el único animal que atesora con avaricia
mucho más de lo que pueda necesitar en una vida,
y a costa de destruir la vida de los otros.
Todos somos codiciosos o cómplices de la codicia,
porque hemos permitido que un ser implacable,
nacido en la cloaca de la peor pasión,
se apoderara de la entera condición humana
y dictara sus brutales leyes al universo.
De modo que el codicioso,
bárbaro adorador del ídolo de oro,
avanza a cara descubierta, libre de toda atadura,
saqueador de la belleza, dueño del mundo.
Somos, pues, culpables.
Nuestro delito ha sido dejar
que el depredador que hay en nosotros
expulsara a todo lo noble y digno
que estábamos obligados a preservar
para seguir siendo considerados seres humanos.
Hemos dejado que se nos robaran
hasta las palabras, y ahora nuestro lenguaje
ya es el lenguaje del mercado, del beneficio,
del tráfico de almas,
sin ningún lugar para la compasión.
Nos hemos ofrecido en sacrificio
para ser carne de una rapiña sin límites
y nuestros restos yacen, esparcidos,
alrededor del altar.
Y falta ya muy poco
para que también la libertad
nos sea arrebatada
por el amor a la codicia,
que parece ya el único amor permitido.
O eso es lo que cree
ese hombre que amenaza sin ira a un edificio
—ese hombre que me recuerda a mi padre anciano—
mientras entona una acusación a los espectros:
"¡los codiciosos!, ¡los codiciosos!".

Sólo añadiremos unas palabras. En efecto, vivimos en un tiempo en el que “(...) el codicioso, bárbaro adorador del ídolo de oro, avanza a cara descubierta, libre de toda atadura, saqueador de la belleza, dueño del mundo”. Pero, tal vez por eso, hemos de recordar una y otra vez que el mundo no tiene dueño. Nadie puede poseerlo. En él nos movemos, vivimos y somos. En su seno nacen todas las cosas. Algunos pueden revolverse contra él pretendiendo hacerlo suyo, pero el empeño es tan absurdo e ilusorio como el de una rama intentando poseer el árbol del que nace, o el de un pez intentando apropiarse del mar que surca. Aunque la mentira vigente afirme lo contrario, debemos negarlo. No: el mundo no tiene dueño.

viernes, 2 de noviembre de 2012

La sonrisa de Agustín García Calvo

Ayer oí la noticia del fallecimiento de Agustín García Calvo y recordé aquella sonrisa socarrona con la que durante alguna de sus charlas señalaba su nombre en el cartel de la presentación, mientras decía: yo no soy éste...

¿Qué es lo que quería decir? ¿Por qué sonreía?  Sea como sea, en sus textos puedes aprender y desaprender, entre tantas otras cosas, cómo el nombre propio designa una vida reducida a tiempo, constituída como transcurso numérico entre el inicio y el fin, es decir, en muerte. Pero ¿acaso no es eso nuestra vida? En este punto, regresa su sonrisa. El inicio y el fin, el nacer, el morir: todos creen saber en qué consisten y a eso lo llaman “realidad”. Pero en verdad ¿qué podemos decir sobre ellos? Atrevámonos a leer sus textos (por ejemplo estos dos sobre el nacer y el morir). Tal vez nos ayuden a comprender el por qué de su sonrisa.

domingo, 28 de octubre de 2012

Instrucciones para llevar una mala vida

Si lo que andas buscando es darte una mala vida, aunque ahora no pueda hacerme una idea clara de por qué, basta seguir estas sencillas reglas y lograrás tu objetivo. En primer lugar, para llevar una mala vida has de tratar a las personas como si fueran cosas, usándolas como medios para tus fines y sin considerarlas jamás en sí mismas, ni atender a lo que son más allá de tus proyectos y deseos. Con esto te aseguras tarde o temprano la soledad. En segundo lugar has de tratar a las cosas como si fueran personas, confundiendo lo que sólo otra persona puede ofrecerte con lo que las cosas te dan, cuidándolas y procurando tener sólo su compañía. Con esto te aseguras un espejismo de convivencia que tarde o temprano, cuando busques por descuido la mirada de otra persona y sólo encuentres los ojos vacíos de las cosas, te procurará la más profunda insatisfacción. Sigue esas dos sencillas reglas y poco a poco lograrás llevar verdaderamente una mala vida.

Para mayor claridad, aquí están las reglas en resumen:

Si quieres llevar una mala vida:
  •  1) usa a las personas como si fueran cosas.
  •  2) convive con las cosas como si fueran personas.
Estas dos sencillas reglas te permitirán conseguir lo que andas buscando.

domingo, 21 de octubre de 2012

El ser humano o la noche del mundo

"El hombre es esa noche, esa nada vacía, que lo contiene todo en su simplicidad: una riqueza de un número infinito de representaciones, de imágenes, de las que ninguna surge precisamente a su espíritu o que no siempre están presentes. Es la noche, la intimidad de la naturaleza lo que existe aquí: el Sí mismo puro. En torno a las representaciones fantásticas, reina la noche: surge entonces aquí una cabeza ensangrentada, allí una figura blanca; y desaparecen no menos bruscamente. Es esa noche lo que se contempla cuando se mira a un hombre en los ojos: se sumerge uno entonces en una noche que se hace terrible; es la noche del mundo lo que se encuentra entonces frente a nosotros. El poder de sacar de esa noche las imágenes o de dejarlas caer en ella, es el acto de ponerse a sí mismo, la conciencia interior, la acción, la escisión. Es a esa noche a donde se ha retirado el ser".

                                                                                                    Hegel

sábado, 13 de octubre de 2012

Cómo escapar (según un relato de Marguerite Yourcenar)

En ciertas circunstancias y acompañada de una cierta mirada, la realidad revela su dimensión áurea, indestructible y plena. Cualquiera de las cosas que la componen manifiesta una belleza para la cual no hay aliento y el más modesto rincón del mundo se descubre como un rincón del Edén. ¿Qué hacer ante tal acontecimiento? El anciano pintor Wang-Fô, en el relato de  Marguerite Yourcenar, sólo vive para dejar en el lienzo la imagen sagrada de las cosas. Su discípulo Ling sólo vive para servirle, agradecido por la mirada que su maestro le ha regalado, aunque incapaz de reconocer con ella a otros seres que le acompañan. Los poderosos del mundo, como el Emperador, sienten ante tal acontecimiento la mentira de su poder y la verdad de su debilidad. El esplendor de la realidad despierta en ellos resentimiento. El dueño del mundo lo es de una sombra y todo su poder es inútil para acceder a aquello que verdaderamente lo merece, la realidad en su plenitud. ¿Cuál es su respuesta? Hace lo único de lo que es capaz: actuar como sirviente de la muerte aniquilando a quienes poseen el secreto de su impotencia.
Pues bien, ¿pueden aquellos que nada pueden escapar de algún modo a la sombra de la muerte que los poderosos del mundo extienden a su alrededor? ¿Pueden salvarse el anciano pintor y su discípulo, y tal vez nosotros, en la medida en que no estemos completamente dominados por la creencia en la muerte y en el poder de sus servidores? Leamos la historia y tal vez luego podamos contestar (y gracias a Carmen por compartir el relato).

CÓMO SE SALVÓ WANG-FÔ (De Cuentos orientales).

El anciano pintor Wang-Fô y su dis­cípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han.
Avanzaban lentamente pues Wang-Fô se detenía durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar las libélulas. No iban muy cargados, ya que Wang-Fô amaba la imagen de las cosas y no las cosas en sí mismas, y ningún objeto del mundo le parecía digno de ser adquirido a no ser pinceles, tarros de laca y rollos de seda o de papel de arroz. Eran pobres, pues Wang-Fô trocaba sus pinturas por una ración de mijo y despreciaba las monedas de plata. Su dis­cípulo Ling, doblándose bajo el peso de un saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosa­mente la espalda, como si llevara encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling, estaba lleno de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.
Ling no había nacido para correr los caminos al lado de un anciano que se apo­deraba de la aurora y apresaba el crepúscu­lo. Su padre era cambista de oro; su madre era la hija única de un comerciante de jade, que le había legado sus bienes maldiciéndola por no ser un hijo. Ling había crecido en una casa donde la riqueza abolía las in­seguridades. Aquella existencia, cuidadosa­mente resguardada, lo había vuelto tímido: tenía miedo de los insectos, de la tormenta y del rostro de los muertos. Cuando cum­plió quince años, su padre le escogió una es­posa, y la eligió muy bella, pues la idea de la felicidad que proporcionaba a su hijo lo con­solaba de haber llegado a la edad en que la noche sólo sirve para dormir. La esposa de Ling era frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda, los padres de Ling llevaron su discreción hasta el punto de morirse, y su hijo se quedó solo en su casa pintada de cinabrio, en compañía de su joven esposa, que sonreía sin cesar, y de un ciruelo que daba flores rosas cada primavera. Ling amó a aquella mujer de corazón límpido igual que se ama a un espejo que no se empaña nunca, o a un talismán que siempre nos pro­tege. Acudía a las casas de té para seguir la moda, y favorecía moderadamente a bailari­nas y acróbatas.
Una noche, en una taberna, tuvo por compañero de mesa a Wang-Fô. El anciano había bebido, para ponerse en un estado que le permitiera pintar con realismo a un borra­cho; su cabeza se inclinaba hacia un lado, como si se esforzara por medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel arte­sano taciturno, y aquella noche, Wang habla­ba como si el silencio fuera una pared y las palabras unos colores destinados a embadur­narla. Gracias a él, Ling conoció la belleza que reflejaban las caras de los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas ca­lientes, el esplendor tostado de las carnes la­midas de una forma desigual por los lengüetazos del fuego, y el exquisito color de rosa de las manchas de vino esparcidas por el manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de viento abrió la ventana; el aguacero pe­netró en la habitación. Wang-Fô se agachó para que Ling admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo a las tormentas.
Ling pagó la cuenta del viejo pintor; como Wang-Fô no tenía ni dinero ni mora­da, le ofreció humildemente un refugio. Hi­cieron juntos el camino; Ling llevaba un farol; su luz proyectaba en los charcos inesperados destellos. Aquella noche, Ling se enteró con sorpresa de que los muros de su casa no eran rojos, como él creía, sino que tenían el color de una naranja que se empieza a pudrir. En el patio, Wang-Fô advirtió la forma deli­cada de un arbusto, en el que nadie se había fijado hasta entonces, y lo comparó a una mujer joven que dejara secar sus cabellos. En el pasillo, siguió con arrobo el andar va­cilante de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror que Ling sen­tía por aquellos bichitos se desvaneció. Enton­ces, comprendiendo que Wang-Fô acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación donde habían muerto sus padres.
Hacía años que Wang-Fô soñaba con hacer el retrato de una princesa de antaño tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer le parecía lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling podía serlo, pues­to que no era una mujer. Más tarde, Wang-Fô habló de pintar a un joven príncipe ten­sando el arco al pie de un alto cedro. Ningún joven de la época actual era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling mandó posar a su mujer bajo el ciruelo del jardín. Después, Wang-Fô la pintó vestida de hada entre las nubes del poniente, y la joven lloró, pues aquello era un presagio de muerte. Des­de que Ling prefería los retratos que le hacía Wang-Fô a ella misma, su rostro se marchi­taba como la flor que lucha con el viento o con las lluvias de verano. Una mañana la en­contraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la bufanda de seda que la estrangulaba flotaban al viento mezcladas con sus cabellos; parecía aún más esbelta que de costumbre, y tan pura como las beldades que cantan los poetas de tiempos pasados. Wang-Fô la pintó por última vez, pues le gustaba ese color verdoso que adquiere el rostro de los muertos. Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo exigía tanta aplicación que se olvidó de verter unas lágrimas.
Ling vendió sucesivamente sus escla­vos, sus jades y los peces de su estanque para proporcionar al maestro tarros de tinta púr­pura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, se marcharon y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang-Fô estaba cansado de una ciudad en donde ya las caras no podían enseñarle ningún secreto de belleza o de fealdad, y juntos ambos, maes­tro y discípulo, vagaron por los caminos del reino de Han.
Su reputación los precedía por los pue­blos, en el umbral de los castillos fortifica­dos y bajo el pórtico de los templos donde se refugian los peregrinos inquietos al llegar el crepúsculo. Se decía que Wang-Fô tenía el poder de dar vida a sus pinturas gracias a un último toque de color que añadía a los ojos. Los granjeros acudían a suplicarle que les pintase un perro guardián, y los señores que­rían que les hiciera imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fô como a un sabio; el pueblo lo temía como a un brujo.
Wang se alegraba de estas diferencias de opi­niones que le permitían estudiar a su alre­dedor las expresiones de gratitud, de miedo o de veneración.
Ling mendigaba la comida, velaba el sueño de su maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle masaje en los pies. Al apuntar el día, mientras el anciano seguía durmiendo, salía en busca de paisajes tímidos, escondidos detrás de los bosquecillos de juncos. Por la noche, cuando el maestro, desanimado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang-Fô estaba triste y hablaba de su avan­zada edad, Ling le mostraba sonriente el tronco sólido de un viejo roble; cuando Wang-Fô estaba alegre y soltaba sus chanzas, Ling fingía escucharlo humildemente.
Un día, al atardecer llegaron a los arrabales de la ciudad imperial, y Ling buscó para Wang-Fô un albergue donde pasar la noche. El anciano se envolvió en sus harapos y Ling se acostó junto a él para darle calor, pues la primavera acababa de llegar y el suelo de barro estaba helado aún. Al llegar el alba, unos pesados pasos resonaron por los pasi­llos de la posada; se oyeron los susurros amedrentados del posadero y unos gritos de mando proferidos en lengua bárbara. Ling se estremeció, recordando que el día anterior había robado un pastel de arroz para la comida del maestro. No puso en du­da que venían a arrestarlo y se preguntó quién ayudaría mañana a Wang-Fô a vadear el próximo río.
Entraron los soldados provistos de fa­roles. La llama, que se filtraba a través del papel de colores, ponía luces rojas y azules en sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba en su hombro, y, de repente, los más feroces rugían sin razón alguna. Pusieron su pesada mano en la nuca de Wang-Fô, quien no pudo evitar fijarse en que sus mangas no hacían juego con el color de sus abrigos.
Ayudado por su discípulo, Wang-Fô siguió a los soldados, tropezando por unos caminos desiguales. Los transeúntes, agrupa­dos, se mofaban de aquellos dos criminales a quienes probablemente iban a decapitar. A todas las preguntas que hacía Wang, los soldados contestaban con una mueca salvaje. Sus manos atadas le dolían y Ling, desespe­rado, miraba a su maestro sonriendo, lo que era para él una manera más tierna de llorar.
Llegaron a la puerta del palacio impe­rial, cuyos muros color violeta se erguían en pleno día como un trozo de crepúsculo. Los soldados obligaron a Wang-Fô a franquear innumerables salas cuadradas o circulares, cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, lo masculino y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas mientras emitían una nota de música, y su disposición era tal que podía recorrerse toda la gama al atravesar el palacio de Levante a Poniente. Todo se concertaba para dar idea de un poder y de una sutileza sobrehumanas y se percibía que las más ínfimas órdenes que allí se pro­nunciaban debían de ser definitivas y terribles, como la sabiduría de los antepasados. Final­mente, el aire se enrareció; el silencio se hizo tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cor­tina; los soldados temblaron como mujeres, y el grupito entró en la sala en donde se hallaba el Hijo del Cielo sentado en su trono.
Era una sala desprovista de paredes, sostenida por unas macizas columnas de piedra azul. Florecía un jardín al otro lado de los fustes de mármol y cada una de las flores que encerraban sus bosquecillos pertenecía a una exótica especie traída de allende los mares. Pero ninguna de ellas tenía perfume, por temor a que la meditación del Dragón Ce­leste se viera turbada por los buenos olores. Por respeto al silencio en que bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido ad­mitido en el interior del recinto y hasta se había expulsado de allí a las abejas. Un alto muro separaba el jardín del resto del mundo, con el fin de que el viento, que pasa sobre los perros reventados y los cadáveres de los campos de batalla, no pudiera permitirse ni rozar siquiera la manga del Emperador.
El Maestro Celeste se hallaba sentado en un trono de jade y sus manos estaban arrugadas como las de un viejo, aunque ape­nas tuviera veinte años. Su traje era azul, para simular el invierno, y verde, para recordar la primavera. Su rostro era hermoso, pero im­pasible como un espejo colocado a demasiada altura y que no reflejara más que los astros y el implacable cielo. A su derecha tenía al Ministro de los Placeres Perfectos y a su iz­quierda al Consejero de los Tormentos Justos. Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas, aguzaban el oído para recoger la menor palabra que de sus labios se escapara, había adquirido la costumbre de hablar siempre en voz baja.
—Dragón Celeste —dijo Wang-Fô, prosternándose—, soy viejo, soy pobre y soy débil. Tú eres como el verano; yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas; yo no ten­go más que una y pronto acabará. ¿Qué te he hecho yo? Han atado mis manos que jamás te hicieron daño alguno.
—¿Y tú me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —dijo el Em­perador.
Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha, que los reflejos del suelo de jade transforma­ban en glauca como una planta submarina, y Wang-Fô, maravillado por aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si alguna vez había hecho del Em­perador o de sus ascendientes un retrato tan mediocre que mereciese la muerte. Mas era poco probable, pues Wang-Fô hasta aquel momento, apenas había pisado la corte de los Emperadores, prefiriendo siempre las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los arra­bales de las cortesanas y las tabernas del mue­lle en las que disputan los estibadores.
—¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —prosiguió el Emperador, in­clinando su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba—. Voy a decírtelo. Pero como el veneno ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve aberturas, para poner­te en presencia de tus culpas deberé recorrer los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colec­ción de tus pinturas en la estancia más es­condida del palacio, pues sustentaba la opi­nión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a las miradas de los pro­fanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang-Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a mi alrededor para permitirme crecer. Con objeto de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. Los pocos y viejos servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible; las horas daban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se reavivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por las noches, yo los contempla­ba, cuando no podía dormir, y durante diez años consecutivos estuve mirándolos todas las noches. Durante el día, sentado en una al­fombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono y hueco de la mano surcada por las líneas fa­tales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul que una pie­dra al caer no puede por menos de con­vertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis años, vi abrirse las puer­tas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a lu­ciérnagas, aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me im­piden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa soez de mis solda­dos me da náuseas. Me has mentido, Wang-Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang-Fô, por el camino de las Mil Cur­vas y de los Diez Mil Colores. Sólo tú reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan. Y por eso, Wang-Fô, he buscado el suplicio que iba a reservarte, a ti cuyos sortilegios han hecho que me asquee de cuanto poseo y me han hecho desear lo que jamás podré poseer. Y para encerrarte en el único calabozo de donde no vas a poder salir he decidido que te quemen los ojos, ya que tus ojos, Wang-Fô, son las dos puertas mágicas que abren tu reino. Y puesto que tus manos son los dos caminos, divididos en diez bifurcaciones, que te llevan al corazón de tu imperio he dispues­to que te corten las manos. ¿Me has entendido, viejo Wang-Fô?
Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling se arrancó del cinturón un cuchillo mella­do y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:
—Y te odio también, viejo Wang-Fô, porque has sabido hacerte amar. Matad a ese perro.
Ling dio un salto para evitar que su sangre manchase el traje de su maestro. Uno de los soldados levantó el sable, y la cabeza de Ling se desprendió de su nuca, semejante a una flor tronchada. Los servidores se lleva­ron los restos y Wang-Fô, desesperado, admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejaba en el pavimento de piedra verde.
El Emperador hizo una seña y dos eunucos limpiaron los ojos de Wang-Fô.
—Óyeme, viejo Wang-Fô —dijo el Emperador—, y seca tus lágrimas, pues no es el momento de llorar. Tus ojos deben per­manecer claros, con el fin de que la poca luz que aún les queda no se empañe con tu llanto.
Ya que no deseo tu muerte sólo por rencor, ni sólo por crueldad quiero verte sufrir. Tengo otros proyectos, viejo Wang-Fô. Poseo, entre la colección de tus obras, una pintura admi­rable en donde se reflejan las montañas, el estuario de los ríos y el mar, infinitamente reducidos, es verdad, pero con una evidencia que sobrepasa a la de los objetos mismos, como las figuras que se miran a través de una esfera. Pero esta pintura se halla inacabada, Wang-Fô, y tu obra maestra, no es más que un esbozo. Probablemente, en el momento en que la estabas pintando, sentado en un valle solitario, te fijaste en un pájaro que pa­saba, o en un niño que perseguía al pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No has terminado las franjas del manto del mar, ni los cabellos de algas de las rocas. Wang-Fô, quiero que dediques las horas de luz que aún te quedan a terminar esta pin­tura, que encerrará de esta suerte los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No me cabe duda de que tus manos, tan pró­ximas a caer, temblarán sobre la seda y el in­finito penetrará en tu obra por esos cortes de la desgracia. Ni me cabe duda de que tus ojos, tan cerca de ser aniquilados, descubrirán unas relaciones al límite de los sentidos hu­manos. Tal es mi proyecto, viejo Wang-Fô, y puedo obligarte a realizarlo. Si te niegas, antes de cegarte quemaré todas tus obras y entonces serás como un padre cuyos hijos han sido todos asesinados y destruidas sus espe­ranzas de posteridad. Piensa más bien, si quieres, que esta última orden es una conse­cuencia de mi bondad, pues sé que la tela es la única amante a quien tú has acariciado. Y ofrecerte unos pinceles, unos colores y tinta para ocupar tus últimas horas es lo mismo que darle una ramera como limosna a un hom­bre que va a morir.
A una seña del dedo meñique del Em­perador, dos eunucos trajeron respetuosamen­te la pintura inacabada donde Wang-Fô había trazado la imagen del cielo y del mar. Wang-Fô se secó las lágrimas y sonrió, pues aquel apunte le recordaba su juventud. Todo en él atestiguaba una frescura del alma a la que ya Wang-Fô no podía aspirar, pero le faltaba, no obstante, algo, pues en la época en que la había pintado Wang, todavía no había con­templado lo bastante las montañas, ni las rocas que bañan en el mar sus flancos des­nudos, ni tampoco se había empapado lo su­ficiente de la tristeza del crepúsculo. Wang-Fô eligió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender, sobre el mar inacabado, amplias pinceladas de azul. Un eunuco, en cuclillas a sus pies, desleía los colores; hacía esta tarea bastante mal, y más que nunca Wang-Fô echó de menos a su dis­cípulo Ling.
Wang empezó por teñir de rosa la punta del ala de una nube posada en una montaña. Luego añadió a la superficie del mar unas pequeñas arrugas que no hacían sino acentuar la impresión de su serenidad. El pavimento de jade se iba poniendo singu­larmente húmedo, pero Wang-Fô, absorto en su pintura, no advertía que estaba trabajando sentado en el agua.
La frágil embarcación, agrandada por las pinceladas del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. El ruido acompasado de los remos se elevó de repente en la distancia, rápido y ágil como un batir de alas. El ruido se fue acercando, llenó sua­vemente toda la sala y luego cesó; unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas de los remos del barquero. Hacía mucho tiempo que el hierro al rojo vivo destinado a quemar los ojos de Wang se había apagado en el bra­sero del verdugo. Con el agua hasta los hom­bros, los cortesanos, inmovilizados por la eti­queta, se alzaban sobre la punta de los pies. El agua llegó por fin a nivel del corazón im­perial. El silencio era tan profundo que hu­biera podido oírse caer las lágrimas.
Era Ling, en efecto. Llevaba puesto su traje viejo de diario, y su manga derecha aún llevaba la huella de un enganchón que no había tenido tiempo de coser aquella ma­ñana, antes de la llegada de los soldados. Pero lucía alrededor del cuello una extraña bufanda roja.
Wang-Fô le dijo dulcemente, mientr­as continuaba pintando:
—Te creía muerto.
—Estando vos vivo —dijo respetuosa­mente Ling—, ¿cómo podría yo morir?
Y ayudó al maestro a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba en el agua, de suerte que Ling parecía navegar por el in­terior de una gruta. Las trenzas de los cor­tesanos sumergidos ondulaban en la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del Em­perador flotaba como un loto.
—Mira, discípulo mío —dijo melancó­licamente Wang-Fô—. Esos desventurados van a perecer si no lo han hecho ya. Yo no sabía que había bastante agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué podemos hacer?
—No temas, Maestro— murmuró el discípulo. Pronto se hallarán a pie enjuto, y ni siquiera recordarán haberse mojado las mangas. Tan sólo el Empera­dor conservará en su corazón un poco de amargor marino. Estas gentes no están he­chas para perderse por el interior de una pintura. Y añadió:
—La mar está tranquila y el viento es favorable. Los pájaros marinos están haciendo sus nidos. Partamos, Maestro, al país de más allá de las olas.
—Partamos —dijo el viejo pintor.
Wang-Fô cogió el timón y Ling se in­clinó sobre los remos. La cadencia de los mis­mos llenó de nuevo toda la estancia, firme y regular como el latido de un corazón. El nivel del agua iba disminuyendo insensiblemente en torno a las grandes rocas verticales que volvían a ser columnas. Muy pronto, tan sólo unos cuantos charcos brillaron en las depresio­nes del pavimento de jade. Los trajes de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en la orla de su manto.
El rollo de seda pintado por Wang-Fô permanecía sobre una mesita baja. Una barca ocupaba todo el primer término. Se alejaba poco a poco dejando tras ella un del­gado surco que volvía a cerrarse sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro de los dos hombres sentados en la barca, pero aún podía verse la bufanda roja de Ling y la barba de Wang-Fô, que flotaba al viento.
La pulsación de los remos fue debili­tándose y luego cesó, borrada por la distan­cia. El Emperador, inclinado hacia delante, con la mano a modo de visera delante de los ojos, contemplaba alejarse la barca de Wang-Fô, que ya no era más que una mancha im­perceptible en la palidez del crepúsculo. Un vaho de oro se elevó, desplegándose sobre el mar. Finalmente, la barca viró en derredor a una roca que cerraba la entrada a la alta mar; cayó sobre ella la sombra del acantilado; borrose el surco de la desierta superficie y el pintor Wang-Fô y su discípulo Ling desapare­cieron para siempre en aquel mar de jade azul que Wang-Fô acababa de inventar.

lunes, 8 de octubre de 2012

Ejercicio resuelto sobre un texto de Platón


Texto de Platón:

“—Dirijámonos desde luego a esas cosas de que hablamos antes (…), la igualdad, la belleza, la bondad y todas las existencias esenciales, ¿experimentan a veces algún cambio, por pequeño que sea, o cada una de ellas, siendo pura y simple, subsiste siempre la misma en sí, sin experimentar nunca la menor alteración, ni la menor mudanza?
—Es necesariamente preciso que ellas subsistan siempre las mismas sin mudar jamás.
—Y todas las demás cosas, repuso Sócrates, hombres, caballos, trajes, muebles y tantas otras de la misma naturaleza, ¿quedan siempre las mismas, o son enteramente opuestas a las primeras, en cuanto no subsisten siempre en el mismo estado, ni con relación a sí mismas, ni con relación a los demás?
—No subsisten nunca las mismas, respondió Cebes.
—Ahora bien; estas cosas tú las puedes ver, tocar, percibir por cualquier sentido; mientras que las primeras, que son siempre las mismas, no pueden ser comprendidas sino por el pensamiento, porque son inmateriales y no se las ve jamás.
—Todo eso es verdad; dijo Cebes.
—¿Quieres, continuó Sócrates, que reconozcamos dos clases de cosas?
—Con mucho gusto, dijo Cebes.
—¿Las unas visibles y las otras inmateriales? ¿Estas, siempre las mismas; aquellas, en un continuo cambio?
—Me parece bien, dijo Cebes”.
Platón, Fedón.

En este texto el autor reflexiona sobre la realidad y sus tipos.

1)      Exponer las ideas fundamentales del texto y la relación que hay entre ellas.

En este texto de Platón encontramos las siguientes ideas:

1) Se afirma la existencia de esencias o ideas como el bien o la belleza, de naturaleza pura y simple, que no sufren cambio alguno y permanecen siempre iguales a sí mismas. “(...)la igualdad, la belleza, la bondad (...) ¿experimentan a veces algún cambio (…)? Es necesariamente preciso que ellas subsistan siempre las mismas sin mudar jamás”.

2) El resto de realidades que no comparten tal naturaleza, como hombres, caballos o muebles, al contrario que aquellas, nunca permancen iguales a sí mismas, sino que no dejan de cambiar y de diferenciarse tanto de sí mismas como de las demás, sometidas a un constante devenir. ”Y todas las demás cosas (…) ¿quedan siempre las mismas(...)? No subsisten nunca las mismas, respondió Cebes”.

3) Las cosas mudables y cambiantes son perceptibles por nuestros sentidos, mientras que las existencias ideales, inmutables e idénticas, no pueden serlo, sino que son captadas exclusivamente por nuestra capacidad de argumentar y razonar. “Ahora bien, estas cosas tú las puedes ver, tocar, percibir por cualquier sentido; mientras que las primeras, que son siempre las mismas, no pueden ser comprendidas sino por el pensamiento”.

4) Cabe distinguir dos tipos de realidades. Por una parte tenemos aquellas perceptibles por los sentidos y sometidas a cambios y movimientos. Por otra parte tenemos a aquellas que son imperceptibles, inmateriales y sólo comprensibles por el pensamiento.”¿Quieres, continuó Sócrates, que reconozcamos dos clases de cosas? (…) ¿Las unas visibles y las otras inmateriales? ¿Estas, siempre las mismas; aquellas, en un continuo cambio?”.

La relación que hay entre estas ideas es la siguiente. Las tres primeras ideas, que describen distintas realidades y sus propiedades características, son premisas que llevan a afirmar una conclusión acerca de los tipos de realidad. Al advertir que hay realidades esenciales no sometidas al cambio y realidades sensibles en continuo movimiento (ideas 1, 2 y 3) podemos concluir la existencia general de dos tipos de cosas, las visibles y las invisibles, las sensibles y las inteligibles (idea 4).

viernes, 5 de octubre de 2012

¿Qué quiere realmente la mujer?

El pasado mes de Junio celebramos un café filosófico en el que se leyó y comentó un conocido cuento que dice así:
"El joven rey Arturo fue sorprendido y apresado por el monarca del reino vecino mientras cazaba furtivamente en sus bosques. El rey pudo haberlo matado en el acto, pues tal era el castigo para quienes violaban las leyes de su reino, pero se conmovió ante la juventud y la simpatía de Arturo y le ofreció la libertad, siempre y cuando en el plazo de un año hallara la respuesta a una pregunta: ¿qué quiere realmente la mujer?
Semejante pregunta dejó perplejo al joven Arturo. Le pareció imposible contestarla pero, con todo, aquello era mejor que morir ahorcado, de modo que regresó a su reino y empezó a interrogar a la princesa, a la reina, a los monjes, a las prostitutas, a los sabios, al bufón de la corte… pero nadie le pudo dar una respuesta convincente.
Sin embargo todos le aconsejaron que consultara a la vieja bruja, pues solo ella sabría la respuesta. El precio sería alto, ya que la vieja bruja era famosa en todo el reino por el precio exorbitante que cobraba por sus servicios.
Llegó el último día del año convenido y Arturo no tuvo más remedio que consultar a la hechicera. Ella accedió a darle una respuesta satisfactoria, a condición de que primero aceptara el precio. Ella quería casarse con Gawain, el caballero más noble de la Mesa Redonda y el más íntimo amigo de Arturo.
El joven Arturo la miró horrorizado: era jorobada y feísima, tenía un solo diente, despedía un hedor que daba náuseas, hacía ruidos obscenos. Nunca se había topado con una criatura tan repugnante. Se acobardó ante la perspectiva de pedirle a su amigo que asumiera por él esa carga terrible. No obstante, al enterarse del pacto propuesto, Gawain afirmó que no era un sacrificio excesivo a cambio de la vida de su compañero y la preservación de la Mesa Redonda.
Se anunció la boda y la vieja bruja, con su sabiduría infernal, dijo: lo que realmente quiere la mujer es ser la soberana de su propia vida.
Todos supieron al instante que la hechicera había dicho una gran verdad y que el joven rey Arturo estaría a salvo. Y así fue: al oír la respuesta, el monarca vecino le devolvió la libertad. Pero en la boda, a la que asistió la corte en pleno, nadie se sintió mas desgarrado entre el alivio y la angustia que el propio Arturo.
Gawain se mostró cortés, gentil y respetuoso. La vieja bruja hizo gala de sus peores modales. Engulló la comida directamente del plato sin usar los cubiertos, emitió ruidos y olores espantosos. Llegó la noche de bodas. Cuando Gawain, ya preparado para ir al lecho nupcial, aguardaba a que su esposa se reuniera con él, ella apareció con el aspecto de la doncella más hermosa que un hombre desearía ver. Gawain quedó estupefacto y le preguntó qué había sucedido. La joven respondió que como había sido cortés con ella, la mitad del tiempo se presentaría con su aspecto horrible y la otra mitad con su aspecto atractivo, pero debería elegir ¿Cuál prefería para el día y cuál para la noche?
Gawain dudaba. ¿Quería tener durante el día a una joven adorable para exhibirla ante sus amigos y por las noches en la privacidad de su alcoba a una bruja espantosa? ¿O prefería tener de día a una bruja y a una joven hermosa en los momentos íntimos de su vida conyugal…? Después de una larga reflexión, el noble Gawain replicó que la dejaría elegir por sí misma. Al oír esto, ella le anunció que sería una hermosa dama de día y de noche, porque él la había respetado y le había permitido ser dueña de su vida".

jueves, 27 de septiembre de 2012

Adivinanza para la buena vida

Así dice la adivinanza para la buena vida:
¿En qué consiste ese algo que los seres humanos necesitamos para disfrutar de una buena vida y que sólo otros seres humanos pueden darnos, pero que no podemos obtener de ellos por la fuerza, el engaño o el robo, sino porque, lejos de toda necesidad, nos lo dan desde su libertad?

lunes, 24 de septiembre de 2012

La imbecilidad: tipos y antídotos

La imbecilidad a la que aquí nos referimos no tiene que ver con saber pocas cosas o con esa ignorancia que se desconoce a sí misma a la que llamamos sabiduría, sino con la incapacidad para dar una forma adecuada a nuestra vida en la medida en que está en nuestras manos, de manera que, buscando una buena vida, obtenemos lo contrario.
Savater en "Ética para Amador" nos ofrece los siguientes tipos de imbecilidad:
"a) El que cree que no quiera nada, el que dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente, aunque tenga los ojos abiertos y no ronque.

b) El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se le presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la vez.

c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de sus vecinos o les lleva la contraria porque sí, todo lo que hace está dictado por la opinión mayoritaria de los que le rodean: es conformista sin reflexión o rebelde sin causa.

d) El que sabe que quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por qué lo quiere, pero lo quiere flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas, termina siempre haciendo lo que no quiere y dejando lo que quiere para mañana a ver si entonces se encuentra más entonado.

e) El que quiere con fuerza y ferocidad, en plan bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo sobre lo que es la realidad, se despista enormente y termina confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo."

Dado que dentro de esta clasificación solemos estar casi todos, un ejercicio en clase puede consistir en tratar de reconocer el tipo de imbecilidad por el cual se tiene más afinidad. Esa imbecilidad por la que uno tiene querencia, incluso cariño, al ser casi de la casa, pues tanto tiempo nos lleva acompañando.

A continuación hay que ocuparse de la cura de la propia imbecilidad. El antídoto que nos despertará de su acogedor y dañino abrazo puede encontrarse, según el autor, en lo siguiente:

"a) Saber que no todo da igual porque queremos realmente vivir y además vivir bien, humanamente bien.

b) Estar dispuestos a fijarnos en si lo que hacemos corresponde a lo que de veras queremos o no.

c) A base de práctica, ir desarrollándo el buen gusto moral, de tal modo que haya cosas que nos repugne espontáneamente hacer (...).

d) Renunciar a  buscar coartadas que disimulen que somos libres y por tanto razonablemente responsables de las consecuencias de nuestros actos”.

Esta segunda parte va más allá de la hora de clase, desborda el aula y se convierte... en la tarea de una vida.

domingo, 23 de septiembre de 2012

¿Qué sabes de Tomás de Aquino?

De Filolaberinto


1. Tomás de Aquino nace:

    En el siglo XIII, en Nápoles.

    En el siglo XII, en Roma.

    En el siglo XIV, en Roma.

2. El tema central de su obra es:

    Mostrar la superioridad de la fe sobre la razón.

    Lograr una síntesis entre razón y fe.

    Mostrar la superioridad de la razón sobre la fe.

3. Un ejemplo de verdad a la vez racional y de fe es, para Aquino:

    La inmortalidad del alma.

    La existencia de Dios.

    La creación del mundo.

4. Las vías para demostrar la existencia de Dios son:

    Cuatro.

    Tres.

    Cinco.

5. Las vías demostrativas de la existencia de Dios:

    Comienzan por un dato de experiencia y terminan afirmando la existencia de Dios.

    Comienzan afirmando la existencia de Dios y terminan en un dato de experiencia.

    Comienzan por la idea de Dios y terminan afirmando su existencia.

6. Para Aquino el ser humano es:

    Una única sustancia cuyos principios son el alma y el cuerpo.

    La unión de dos sustancias distintas, el alma y el cuerpo.

7. La esencia y la existencia:

    Coinciden en los seres creados y se diferencian en Dios.

    Coinciden en Dios y se diferencian en los seres creados.

8. Para Aquino la felicidad del ser humano consiste en:

    Elegir y crear hábitos racionales que nos acerquen a Dios.

    Elegir y crear hábitos racionales que, con la colaboración de Dios, nos acerquen a él.

    Ejercitar lo más propio del hombre, la actividad racional.

9. Según Aquino la ley natural es:

    La parte de plan de Dios para la creación que se refiere a la conducta humana.

    Expresión de la naturaleza humana.

    Conjunto de las tendencias naturales del ser humano.

10. Para Aquino:

    La ley positiva es imposición de los más fuertes, según la ley natural.

    La ley positiva es resultado de un convenio entre iguales.

    La ley positiva es prolongación y concreción de la ley natural.