miércoles, 4 de abril de 2012

Tiempo sucesivo, tiempo incesante.

La experiencia común del paso del tiempo es la de una sucesión de instantes, etapas, fases que se siguen las unas a las otras, según un orden de anterioridad y posterioridad que consideramos irreversible. El tiempo pasa, se suceden las horas, los días, los años, las vidas, las generaciones, y decimos con Homero aquello de:
Cual la generacion de las hojas, asi la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo, y la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: de igual suerte, una generacion humana nace y otra perece.
Pero esto nunca nos ha bastado. Si el tiempo sólo es sucesión y todo pasa, pasan nuestros anhelos, nuestras vidas, todo cuanto ve la luz y el olvido se adueña de todo. ¿Es ésa la última palabra sobre la naturaleza del tiempo? ¿Debemos conformarnos con ella y adaptar nuestra vida a esa verdad? Nunca me pude conformar y admiraba a Unamuno en aquellos textos impresionantes en los que bramaba gritando su loco deseo de eternidad:
El universo visible, el que es hijo del instinto de conservación, me viene estrecho, esme como una jaula que me resulta chica, y contra cuyos barrotes da en sus revuelos mi alma; fáltame en él aire que respirar. Más, más y cada vez más; quiero ser yo, y sin dejar de serlo, ser además los otros, adentrarme a la totalidad de las cosas visibles e invisibles, extenderme a lo ilimitado del espacio y prolongarme a lo inacabable del tiempo. De no serlo todo y por siempre, es como si no fuera, y por lo menos ser todo yo, y serlo para siempre jamás. Y ser yo, es ser todos los demás. ¡O todo o nada!

¡O todo o nada! ¡Y qué otro sentido puede tener el «ser o no ser»! To be or no to be shakesperiano, elde aquel mismo poeta que hizo decir a Marcio en su Coriolano (V, 4) que sólo necesitaba la eternidad para ser dios; he wants nothing of a god but eternity? ¡Eternidad!, ¡eternidad! Este es el anhelo: la sed de eternidad es lo que se llama amor entre los hombres; y quien a otro ama es que quiere eternizarse en él. Lo que no es eterno tampoco es real.
Ahora ya sabemos que no es necesario conformarse. Ni hay que conformarse ni hay que buscar lo eterno como si acaso nos faltara. No sólo ciertos filósofos y artistas sino generaciones de seres humanos antes que nosotros se han procurado vías, caminos y medios para lograr acceder a otro tiempo, distinto del tiempo de la sucesión pero relacionado con él, en el que lo que sucede es una realidad siempre viviente, que se hace presente cada vez que se accede a ella sin quedar agotada en su acto de presentación, cuyo pasar no es irreversible porque siempre puede volver. Se trata del tiempo al que se refieren los mitos, los cuentos y su “érase una vez...”, los arquetipos, la poesía, el teatro, un tiempo en el que el orden de la sucesión queda trastocado, en el que lo que una vez fue volverá a ser, en el que el pasado es un futuro que quiere de nuevo hacerse presente, un tiempo que acompaña al presente de la sucesión como una posibilidad pura que nunca se agota ni se presenta del todo, siempre ya pasada y aún por venir, pasando sin terminar de pasar.

Los seres humanos se han procurado el acceso a ese tiempo determinando un lugar propicio para el encuentro, el templo, un momento adecuado, la fiesta, y una acción mediante la cual arribar al tiempo renaciente, la acción ritual. Cuando en el templo, durante la fiesta y mediante el ritual, el acceso a ese tiempo incesante se cumple, el carácter irreversible de la sucesión queda cancelado y todo puede volver a comenzar. Es el tiempo del perdón, del olvido, del nacimiento, de la vida nueva. El tiempo mismo renace de sí, como hijo de sí mismo. Nuestros calendarios apenas guardan la huella de esa experiencia. Sin embargo, su posibilidad sobrevuela cada segundo, cada día y, en definitiva, cada vida.

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