miércoles, 2 de diciembre de 2009

¿En qué consiste envejecer?

Hace una semana visitamos una residencia de ancianos con un grupo de alumnos de secundaria y bachillerato para pasar un rato con ellos mientras charlábamos de mil temas. Al terminar la visita y mientras volvía a casa me sorprendí preguntándome lo siguiente: ¿en qué consiste envejecer? La respuesta habitual y común es que consiste en ir perdiendo paulatinamente capacidades físicas y mentales. Ya no oyes ni ves como antes, no te mueves como lo hacías, todo te duele. Envejecer consiste en un proceso de continuo deterioro.

Ahora bien, algo cambia cuando examinamos ese hecho a la luz de una experiencia más amplia de aquello en lo que consiste vivir. ¿Cómo podríamos nombrar esa experiencia con una frase? Tal vez de esta manera: la vida no es sólo un proceso de demolición, la vida consiste en ir haciéndose semilla de sí misma.

En efecto: la vida en su transcurrir no camina sin más hacia su desaparición, sino que se va haciendo semilla de sí misma. Puedes contemplar este fenómeno singular observando, por ejemplo, el desarrollo de una planta en casa, en la terraza, en un jardín o en el campo. Detente y observa este árbol. De la semilla plantada en la tierra brotan raíces con las que se alimenta y crece, elevándose hacia lo alto con un fino tallo que se hace tronco después. Y de ese tronco brotan ramas que abiertas al aire van desplegándose en frutos de los que nace…una semilla. La semilla, tras un tiempo, cae para ocultarse de nuevo bajo la tierra y desde ella, brotar.
¿Qué significa entonces para el árbol “envejecer”? ¿Significa únicamente ir separándose del suelo nutricio con ímpetu al principio, con menos fuerza después, alzándose cuanto puede hacia la luz y el aire para, un día, comenzar a decaer, perdiendo ternura su tallo, haciéndose cada vez más rugoso su tronco hasta secarse y derrumbarse? No puede significar sólo eso, porque ese proceso es a la vez, e inseparablemente, un ir haciéndose la planta semilla de sí misma, afirmándose la rama en la flor, la flor en el fruto y el fruto en la semilla. Y entonces advertimos la paradoja en la que consiste todo este devenir: a medida que la planta se acerca a su fin, se acerca también a su principio. A la vez que se hace más vieja, se hace más joven. Acercándose a su término, se acerca a su nacimiento ¿Por qué? Porque la vida es hacerse semilla de sí misma. A la vez que pasa el tiempo y envejece, y sus ramas pierden frescura, y sus hojas transparencia y verdor, a la vez rejuvenece como fruto del que nace una semilla de sí misma. El futuro del árbol no es la muerte, es la semilla. Por eso, acercarse al final es acercarse al principio, hacerse anciano es hacerse niño, envejecer es rejuvenecer. Paradoja secreta, letal para el sentido común.

Atrevámonos entonces a seguir pensando. Los seres humanos vamos viviendo, y ese ir viviendo no es un tic tac de reloj que cuenta los días que faltan para la muerte, es un hacerse irremediablemente semilla de sí mismo. Te contarán que no es así, que todo esto no son sino palabras vacías y que la verdad es sólo la mitad de todo este asunto, que envejecer es morirse y se acabó. Pues bien: ahí se abre una ocasión para un pensamiento propio. La muerte es la última palabra sobre la vida cuando negamos a la vida su fecundidad, su poder hacerse otra. Piensa, observa, mira, intenta estar a la altura de lo que puedes descubrir. Y eso que podrás descubrir es sencillo: la vida se va haciendo semilla de sí misma.

Y escucha lo que te cuenta Platón cuando escribe lo siguiente:

“Pues ni siquiera durante este periodo en que se dice que vive cada uno de los vivientes y es idéntico a sí mismo, reúne siempre las mismas cualidades; así, por ejemplo, un individuo desde su niñez hasta que llega a viejo se dice que es la misma persona, pero a pesar de que se dice que es la misma persona, ese individuo jamás reúne las mismas cosas en sí mismo, sino que constantemente se está renovando en un aspecto y destruyendo en otro... De este modo se conserva todo lo mortal, no por ser completamente y siempre idéntico a sí mismo como lo divino, sino por el hecho de que el ser que se va o ha envejecido deja a otro ser nuevo, similar a como él era, tanto en su cuerpo como en todo lo demás. No te admires, pues, si todo ser estima por naturaleza a lo que es retoño de sí mismo porque es la inmortalidad la razón de que a todo ser acompañe esa solicitud y ese amor”.

¿Qué son en última instancia nuestras palabras, nuestras obras, nuestras acciones y nuestras vidas? Son semillas. En ellas está el secreto del envejecer.

Y desde aquí, un saludo a Doña María y a su estupendo blog, donde sus 84 años florecen en ramilletes de humor, ironía y risas. La imagen de arriba es su retrato, cuando tiene un buen día.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

La verdad me doy cuenta que a medida que voy cumpliendo años, es cuando voy tomando conciencia del paso del tiempo, de la vejez, no me apena, pero me hace ver mas dimensiones de la misma.
... algo mas que pienso sobre el tema: con frecuencia, y lastimosamente se entiende envejecer, como quedarse en el pasado, rememorar hechos que han marcado nuestras vidas, y creo que envejecer es mucho mas que el simple recordar de "nuestros años dorados", sí, valen nuestros recuerdos pero por qué perder el presente, porque ver el panorama con resignación .... como bien dices el árbol seguira dando frutos, y sombra y cobijo hasta el fin de sus días.....

Anónimo dijo...

Envejecer es dejar de sorprenderse, algo que irremediablemente nos sucede o sucederá a todos.

Para evitar perder esta capacidad nos ayudan ciertos enteógenos que pueden mostrarnos el mundo de forma totalmente distinta y así abrir las puertas de la percepción humana, como decía Blake.

Aunque este comentario será censurado.

José dijo...

No es para tanto. De todas maneras, sí diré que hay muchos modos de abrir las puertas de la percepción, no solo uno. Y todos requieren madurez.

Anónimo dijo...

No he dicho que haya solo uno, pero sí es uno de los caminos más fáciles.

Anónimo dijo...

El árbol del que se habla en este texto es bastante especial, porque su desarrollo tiene una finalidad, desde luego, pero una finalidad sin fin...¿Le pasa lo mismo al ser humano?

José dijo...

Mmmm, para aclararme:
la vida produce algo distinto de si misma en lo que, sin embargo, ella misma insiste y persiste. E insiste como fecundidad. No como algo ya hecho de una vez para siempre, sino como algo por hacer y rehacer, como perpetuo futuro.El viejo dios Cronos, dibujado por Goya en aquel cuadro terrible, no puede soportar el devenir de la vida, ese ser ella misma en la medida en que se hace otra. Él quiere seguir siendo él, pero sin hacerse distinto de sí mismo, como hace la vida. Y por eso devora a sus hijos.
Imagina un árbol negando los brotes que van surgiendo de sus ramas, horrorizado. Así es Cronos, incapaz de verse en la semilla que brota de él.